Los periodistas, digo. ¿Qué necesidad había de descubrir quién es Bansky?
El otro día recibía información sobre una exposición en Uruguay titulada "O sorriso de Daniel". Ya había sido presentada en el Fórum de Barcelona pero en esos momentos me habían retirado del mundanal ruído y no me enteré. Une a dos danieles: la escultura del profeta del mismo nombre en el pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago que se atribuye al maestro Mateo y Daniel Rodríguez Castelao, un intelectual rianxeiro clave en la historia reciente de este país. ¿A quién le interesaría ahora conocer quién fue Mateo, ese pretendido maestro escultor y arquitecto? ¿Saber quién fue su padre, dónde estudió, a quién se trajinó y si éste era amante del arzobispo de entonces? Sólo a los periodistas -y me incluyo-. Quizás estemos en una época de la Humanidad en que haya que volver al anonimato. Al gremio anonimizador. Al grupo, estilo Wu Ming, antes Luther Blisset. A pequeños rebaños de ovejas negras. Descartes quería gravar en su epitafio "quien se ocultó bien, vivió bien" (lo relata Hitchens en su apabullante "Dios no es bueno", que estoy terminando). En el hotel Rejas no hice caso, y eso que un alto cargo socialista me lo advirtió: "que no sea tan reivindicativo". Pero cuando uno abre los ojos, ya no puede volver a cerrarlos, señor subgobernador.
No puedes. En menos que canta un gallo, o eyacula un primate, un periodista te lanza al estrellato. A veces es sólo una historia de fantasmas -si es verano, cualquier expediente Iker es noticia, a mí me pasó una vez- pero en otras te convierten en una sombra de tí mismo sin posibilidad de reacción. Porque rectificar en un periódico es, además de un error, imposible. Y en los otros medios, aún peor. Para los periódicos, rectificar es hincártela más por el recto si aún no has tenido bastante. Pero bueno, aún así, como en aquella pregunta que hice a Juan Cruz (sí, uno también tiene un pesado pasado), ¿tres periódicos o tres periodistas? y contestó Tres periódicos. No se debería cerrar ninguno. Y al Garzón que lo hace, destitución inmediata. Y a la Audiencia Nacional que lo permite, clausura definitiva. Eso si queremos llamar a nuestro régimen "democracia".
Cioran, ese tío tan alegre que depositaba bilis en sus textos, decía que la productividad había acabado con la creación. También con la devoción. Ahora, hasta la agencia Getty quiere convertir en estrellas a los aficionados a la fotografía que colgamos en Flickr. El mundo de Internet ha convertido en gelatina los sólidos despachos de muchas empresas de la industria cultural, que no saben hacia dónde encaminarse. Pero los que no somos empresa, los que somos tratados como consumidores, como delincuentes habituales (así nos trata este gobierno y la SGAE cada vez que nos aplica el canon), debemos pensar en nosotros mismos. Ellos, que apanden.
En otro orden de cosas, he saltado de la hipnótica Lispector a la introspectiva Jèlinek (no la confundan con esta modelo, aunque algunos la prefieran). Es un libro titulado "La palabra disfrazada de carne", una recopilación de artículos expresamente ideado para una edición mexicana (Gato Negro Ediciones?). Me interesa su visión sobre leer y escribir. Esa imagen de morder a Nietzche e incorporar ese mordisco, aún sangrante, a un texto suyo para que luego ese cadáver lo olfateen los críticos germanos. Pero aún estoy empezando y cuanto más sé de su fobia a volar más ganas me entran de subirme a un avión y liberarme. De aligerar el equipaje.
Este viernes presentan un libro en el que participo con un relato. "Relatos para Noia", creo que lo titulan. En la Feira do Libro de Noia, día 18, siete y media de la tarde, en la Alameda. Quedan invitados: estaré entre el público.
0 comentaron:
Publicar un comentario en la entrada