Hace unos años se armó un gran revuelo porque un alcalde andaluz, de apellido Pacheco, aseveró que en este país “la justicia es un cachondeo”. No tenemos que movernos del sur para confirmar esa sentencia que tanto cuajó entre tanto comentario políticamente correcto. Un famoso bailaor atropella presuntamente a un hombre con un coche sin seguro y sin carnet, el atropellado muere y la estrella tampoco se detiene para ayudarle. El pastel se descubre unos meses después y la jueza deja al bailaor en libertad provisional con 40.000 euros de fianza, que para el artista son calderilla. Si fuera una persona anónima no se libraba ni de broma. A mí por mucho menos me tuvieron tres meses en el talego. ¡Viva Pacheco!
Recibí el libro ‘Pasando página’ de Sergio Vila-Sanjuán (Círculo de Lectores). Es un tocho de 700 páginas pero promete mucho: cuenta de forma muy digerible la historia de las editoriales y los principales autores de la etapa democrática española. Ya he echado un ojo a “los problemas de Ana Rosa” o por qué no triunfa Boris Izaguirre como escritor. En la primera parte llama la atención cómo se promocionó ‘Esta noche, la libertad’ (Lapierre y Collins, Plaza&Janés), con una avioneta y una pancarta. También ayudó mucho a su venta que en esos momentos se estuviera muriendo mi paisano Francisco Franco Bahamonde.
“Es el mundo sin distancia, instantáneo, que tanto frustra a quienes derivan su poder de fronteras, aduanas, salvoconductos y secretos y corrección política”. Escohotado da en el clave sobre la actual situación mundial con Internet, los satélites y la telefonía. Esa situación impidió que el pasado 14M en España siguiéramos creyendo, como insistía el gobierno, que eta estaba detrás de la masacre de los trenes de Madrid. En tiempos del generalísimo ferrolano hubieran ganado las elecciones, si hubiera una democracia que no fuera orgánica, claro está. ‘Spain is different’ se acabó, señor Fraga y acólitos.
El celibato de Tamayo
Oigo en una cadena de radio un foro sobre la pederastia en la Iglesia Católica. Inexplicablemente, ni una referencia al libro sobre el tema de Pepe Rodríguez (hay un enlace en www.aliciaenelladooscuro.com a la web de este periodista de investigación). En la presentación de ‘Pederastia en la Iglesia Católica’ ya hubo problemas. Luego, un manto de silencio. Apenas lo vi reseñado en ningún sitio. Quizás dos o tres teletipos que salieron en breves en la prensa diaria y listo. La secta católica sigue muy fuerte en este país, que quiso ser aconfesional en su Constitución pero en su ‘real politic’ abdicó.
En el foro radiofónico del que hablo participa Juan José Tamayo, teólogo (nada que ver con el del pucherazo de las elecciones madrileñas de 2003), que no tiene empacho en decir que el celibato incide directamente en los abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes que aparecen cada poco. Craso error, sobre todo si no está avalado por estudios recientes. En ‘Alicia en el lado oscuro’ hago referencia a Bottari, un neurólogo de El Salvador que en ‘Sexología sacerdotal’ desbroza el celibato eclesiástico bajo el punto de vista psicológico. Aunque tiene claras influencias freudianas (el psicoanálisis no ha muerto, aunque estoy seguro de que si Freud viviese ya lo habría superado), Bottari apunta conclusiones muy interesantes.
He aquí un extracto de ALO: “Bottari, como neurólogo, cree que si se le permite el matrimonio a los curas católicos “serán hombres completos alejados de las desviaciones sexuales y en condiciones de comprender mejor a sus semejantes. La vida sexual normal, así como la paternidad, conllevan no sólo la felicidad sino también el necesario desarrollo psicológico”. Está claro que es una declaración de intenciones, poco acorde con el cientifismo que se le debería exigir en calidad de neurocirujano. Pero también esgrime teorías científicas entonces en boga (estamos hablando de hace casi 40 años) según las cuales la represión sexual produce patologías. Para Bottari es inconcebible que la Iglesia católica ligue el pecado al placer sexual, que intente controlar el instinto con creencias mágicas. Incluso acusa a algunos religiosos de encontrar placer sexual en practicar la represión sexual (a la vista de algunas conductas que todavía mantienen obispos católicos, no iría desencaminado. Como en el caso de los ex fumadores, los reprimidos son los más duros represores de todo lo que ellos consideran vicio. Bottari se remite a la historia para avalar esta teoría, según la cual “la insatisfacción sexo-emocional llevó a muchos personajes religiosos a odiosos crímenes”. Relata la historia de las ursulinas de Loudum (Francia) que en 1634 llevaron al tormento y muerte en la hoguera al padre Urbano Grandier por posesiones sexuales por su parte y por demonios sexuales que lo acompañaban en todas ellas. La realidad era que Urbano, un sacerdote muy atractivo, se resistió a los requerimientos sexuales de siete de las monjas y éstas, despechadas, mintieron ante la Inquisición.
En su exposición contra el celibato, Bottari llega a contradecir a Pablo VII en su encíclica ‘Populorum progressio’ (El desarrollo de los pueblos). En ella escribe literalmente: “Donde falta el derecho inalienable al matrimonio y la procreación, la dignidad humana ha dejado de existir”. Entonces, concluye el médico, este papa niega a sus curas la dignidad humana.
Otras argumentaciones de Bottari se basan en escritos de Erasmo de Rotterdam (Elogio de la locura) o de Bocaccio (El Decamerón) donde se mofan de la conducta sexual de los clérigos.
También se refiere en un capítulo a los estragos del celibato en las órdenes religiosas femeninas. Es muy curioso su estudio sobre un grupo de novicias.”
Me parece muy aventurado relacionar directamente pederastia y celibato. Si es por cuestión de no poder cumplir la castidad, ¿por qué los curas o monjes no satisfacen sus naturales deseos sexuales con parejas adultas? Yo me apunto a la teoría de que la mayoría de curas agresores sexuales de niños lo son porque las víctimas son más inofensivas, no porque sean realmente pederastas, no porque les “ponga” hacerlo con niños o niñas. Reitero que la pedofilia es un trastorno mental muy poco frecuente.
Debería haber más vídeos de ateos iluminando el mundo.
En el foro radiofónico del que hablo participa Juan José Tamayo, teólogo (nada que ver con el del pucherazo de las elecciones madrileñas de 2003), que no tiene empacho en decir que el celibato incide directamente en los abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes que aparecen cada poco. Craso error, sobre todo si no está avalado por estudios recientes. En ‘Alicia en el lado oscuro’ hago referencia a Bottari, un neurólogo de El Salvador que en ‘Sexología sacerdotal’ desbroza el celibato eclesiástico bajo el punto de vista psicológico. Aunque tiene claras influencias freudianas (el psicoanálisis no ha muerto, aunque estoy seguro de que si Freud viviese ya lo habría superado), Bottari apunta conclusiones muy interesantes.
He aquí un extracto de ALO: “Bottari, como neurólogo, cree que si se le permite el matrimonio a los curas católicos “serán hombres completos alejados de las desviaciones sexuales y en condiciones de comprender mejor a sus semejantes. La vida sexual normal, así como la paternidad, conllevan no sólo la felicidad sino también el necesario desarrollo psicológico”. Está claro que es una declaración de intenciones, poco acorde con el cientifismo que se le debería exigir en calidad de neurocirujano. Pero también esgrime teorías científicas entonces en boga (estamos hablando de hace casi 40 años) según las cuales la represión sexual produce patologías. Para Bottari es inconcebible que la Iglesia católica ligue el pecado al placer sexual, que intente controlar el instinto con creencias mágicas. Incluso acusa a algunos religiosos de encontrar placer sexual en practicar la represión sexual (a la vista de algunas conductas que todavía mantienen obispos católicos, no iría desencaminado. Como en el caso de los ex fumadores, los reprimidos son los más duros represores de todo lo que ellos consideran vicio. Bottari se remite a la historia para avalar esta teoría, según la cual “la insatisfacción sexo-emocional llevó a muchos personajes religiosos a odiosos crímenes”. Relata la historia de las ursulinas de Loudum (Francia) que en 1634 llevaron al tormento y muerte en la hoguera al padre Urbano Grandier por posesiones sexuales por su parte y por demonios sexuales que lo acompañaban en todas ellas. La realidad era que Urbano, un sacerdote muy atractivo, se resistió a los requerimientos sexuales de siete de las monjas y éstas, despechadas, mintieron ante la Inquisición.
En su exposición contra el celibato, Bottari llega a contradecir a Pablo VII en su encíclica ‘Populorum progressio’ (El desarrollo de los pueblos). En ella escribe literalmente: “Donde falta el derecho inalienable al matrimonio y la procreación, la dignidad humana ha dejado de existir”. Entonces, concluye el médico, este papa niega a sus curas la dignidad humana.
Otras argumentaciones de Bottari se basan en escritos de Erasmo de Rotterdam (Elogio de la locura) o de Bocaccio (El Decamerón) donde se mofan de la conducta sexual de los clérigos.
También se refiere en un capítulo a los estragos del celibato en las órdenes religiosas femeninas. Es muy curioso su estudio sobre un grupo de novicias.”
Me parece muy aventurado relacionar directamente pederastia y celibato. Si es por cuestión de no poder cumplir la castidad, ¿por qué los curas o monjes no satisfacen sus naturales deseos sexuales con parejas adultas? Yo me apunto a la teoría de que la mayoría de curas agresores sexuales de niños lo son porque las víctimas son más inofensivas, no porque sean realmente pederastas, no porque les “ponga” hacerlo con niños o niñas. Reitero que la pedofilia es un trastorno mental muy poco frecuente.
Debería haber más vídeos de ateos iluminando el mundo.
Once mil vergas
Estoy releyendo obras de uno de los literatos que cito en mi libro, Apollinaire. ‘Las once mil vergas’ (Valdemar, segunda edición, 1999) es la historia de un hospodar (un cargo nobiliario rumano) libertino. Coincido con el crítico que apostilló que era más fuerte que Sade. El episodio de la violación de una pareja de novios-niños (10 años él, 8 ella) es lo más salvaje que he leído jamás en toda mi investigación sobre la pederastia.
En la misma colección de Valdemar pude leer hacer un tiempo una de las primeras incursiones de Juan Manuel de Prada en la literatura. Se trata de su rarísima ‘Coños’, que también cito en ALO como ejemplo de juego literario. De todas maneras, por ahora me quedo con ‘La tempestad’ como mejor novela de este autor que lleva unas gafas tan feas como las que yo tenía a los 14 años. Sé, por entrevistas que le han hecho, que es por dar imagen de serio e intelectual, pero que alguien le aconseje mejor estéticamente, por favor.
“Amigo mío, -le dijo-, la masturbación es una cualidad militar. Todo buen soldado debe saber que, en tiempo de guerra, el onanismo es el único acto amoroso permitido. Menéesela, pero no toque usted a las mujeres ni a los animales”. Esta cita del libro de Apollinaire sigue hoy igual de vigente. En ALO desvelo que siempre hay problemas cuando muchos hombres solos viven hacinados durante mucho tiempo: conventos, cuarteles, seminarios, guerras. “No toque usted a las mujeres ni a los animales ni a los menores”, debería añadir. El primer gran estudio sobre abusos sexuales a menores tuvo lugar “gracias” a la guerra del Vietnam. Ejército americano. Hoy, casi 40 años después, se empiezan a producir los mismos hechos en Irak. ¿Aprendemos algo de la Historia?
En la misma colección de Valdemar pude leer hacer un tiempo una de las primeras incursiones de Juan Manuel de Prada en la literatura. Se trata de su rarísima ‘Coños’, que también cito en ALO como ejemplo de juego literario. De todas maneras, por ahora me quedo con ‘La tempestad’ como mejor novela de este autor que lleva unas gafas tan feas como las que yo tenía a los 14 años. Sé, por entrevistas que le han hecho, que es por dar imagen de serio e intelectual, pero que alguien le aconseje mejor estéticamente, por favor.
“Amigo mío, -le dijo-, la masturbación es una cualidad militar. Todo buen soldado debe saber que, en tiempo de guerra, el onanismo es el único acto amoroso permitido. Menéesela, pero no toque usted a las mujeres ni a los animales”. Esta cita del libro de Apollinaire sigue hoy igual de vigente. En ALO desvelo que siempre hay problemas cuando muchos hombres solos viven hacinados durante mucho tiempo: conventos, cuarteles, seminarios, guerras. “No toque usted a las mujeres ni a los animales ni a los menores”, debería añadir. El primer gran estudio sobre abusos sexuales a menores tuvo lugar “gracias” a la guerra del Vietnam. Ejército americano. Hoy, casi 40 años después, se empiezan a producir los mismos hechos en Irak. ¿Aprendemos algo de la Historia?
Una pasión muy gore
Tras visionar el ‘cómo se hizo’ de ‘La pasión’ de Mel Gibson he decidido no ir a verla, aunque nunca soy categórico en estas tomas de postura. Llega ahora la Semana Santa, una época de refocile gratuito en el sufrimiento de un personaje histórico que hoy sería tomado como un simple terrorista al que quizás Ariel Sharon lanzaría un misil tierra-aire. Un personaje al que una secta, la cristiana, consiguió crear el márketing más perfecto que se haya visto jamás, ayudada sobre todo por mi tocayo, Saulo de Tarso, y por sus innumerables seguidores. La historia fabulada de un individuo que jamás escribió nada pero todo el mundo interpretó lo que presuntamente dijo. En provecho propio, claro.
Continúo con la lectura de ‘Sesenta semanas en el trópico’, de Antonio Escohotado (Anagrama, 2003). Tengo debilidad por la literatura de diarios, por la narración reflexiva. Precisamente ayer me aprovechó mucho un párrafo dedicado a la omnipotencia y omnipresencia de Dios, dos cualidades imposibles por lo que significan de cercanía a todos los que la secta cristiana llama ‘hijos de Dios’. La venta que nos han hecho de Dios, al menos en mi caso, ha sido la de un Señor -con lo que tiene que lejanía ya esta palabra, de sumisión- que era perfecto, que todo lo veía, que todo lo podía. Nada más distante de la pobre condición humana. Quizás los griegos y los romanos estaban mucho más cómodos con sus Dioses porque eran tan miserables y tan fantásticos como ellos mismos. Mucho más a imagen y semejanza que el Yavhé del Génesis, ese Dios cruel que era capaz de arrasar Sodoma y Gomorra como hoy Bush ha arrasado Afganistán e Irak. Vade retro, illuminati.
Escohotado es un hacha. Es un viajero empedernido (tanto interior, por su cerebro, ayudado por sustancias psicoactivas, como por todos los países que puede). He descubierto que también le apasiona Ibiza, como a Maite y a mí, y eso que nosotros llegamos unos 20 años después. Desde que llegamos a esa isla mediterránea he pensado que tenía que estar dedicada a cultos paganos relacionados con el sexo, sino no se explica que la secta cristiana haya bautizado cada lugar con el nombre de un santo.
Continúo con la lectura de ‘Sesenta semanas en el trópico’, de Antonio Escohotado (Anagrama, 2003). Tengo debilidad por la literatura de diarios, por la narración reflexiva. Precisamente ayer me aprovechó mucho un párrafo dedicado a la omnipotencia y omnipresencia de Dios, dos cualidades imposibles por lo que significan de cercanía a todos los que la secta cristiana llama ‘hijos de Dios’. La venta que nos han hecho de Dios, al menos en mi caso, ha sido la de un Señor -con lo que tiene que lejanía ya esta palabra, de sumisión- que era perfecto, que todo lo veía, que todo lo podía. Nada más distante de la pobre condición humana. Quizás los griegos y los romanos estaban mucho más cómodos con sus Dioses porque eran tan miserables y tan fantásticos como ellos mismos. Mucho más a imagen y semejanza que el Yavhé del Génesis, ese Dios cruel que era capaz de arrasar Sodoma y Gomorra como hoy Bush ha arrasado Afganistán e Irak. Vade retro, illuminati.
Escohotado es un hacha. Es un viajero empedernido (tanto interior, por su cerebro, ayudado por sustancias psicoactivas, como por todos los países que puede). He descubierto que también le apasiona Ibiza, como a Maite y a mí, y eso que nosotros llegamos unos 20 años después. Desde que llegamos a esa isla mediterránea he pensado que tenía que estar dedicada a cultos paganos relacionados con el sexo, sino no se explica que la secta cristiana haya bautizado cada lugar con el nombre de un santo.
‘La mala educación’ de Pedro
Aún no he visto la última película de Almodóvar, pero es inevitable sumergirse en ella ante la avalancha de entrevistas y apariciones del director manchego estos días. Además, su temática atraviesa totalmente el capítulo de ‘Alicia en el lado oscuro’ que dedico a la pedofilia y a la religión.
Como tantos chavales con pocos recursos en este país (un servidor mismo), Almodóvar estudió en colegios de curas. Él veía y oía hablar de los abusos sexuales pero confiesa que “tenía que seguir callando lo que allí sucedía”. Quizás yo tuve la suerte de que en los centros donde me ingresaron no se produjera nada de eso, tan sólo los habituales castigos físicos de aquella época (tirones de orejas por desafinar, si eras niño de coro; coscorrones por no atender o por reírte en misa, si monaguillo; etcétera). En ALO también recojo el testimonio de Haro Tecglen sobre los abusos sexuales de curas, frailes y monjes en su época. ¿Cuándo pedirá perdón la Iglesia española por esto? ¿O seguirá enrocado Rouco en la negación de los hechos? Parece que no han aprendido mucho de los católicos estadounidenses. También tiene culpa la sociedad y la clase política, que sigue permitiendo privilegios (privatae legis, leyes privadas, qué bonita la etimología) a esta gente en un estado que se supone aconfesional, pero una cosa es lo que reza la Constitución, ese papel mojado, y otra la testaruda realidad.
Seguro que Almodóvar suscribiría la cita de Juan Varo Zafra que apunto en ALO: “La mayoría de los que piden un mundo sin Dios se conformarían con un mundo sin sacerdotes”. Tengo un hermano que escandaliza a muchos contertulios cuando suelta: “La gente y el mundo se ahorrarían la mitad de problemas si de una vez supiera que no hay ningún dios”. Sade metía el dedo en la llaga ya a finales del XVIII cuando relataba: “Los sacerdotes tenían buenos motivos para prohibirnos la lujuria; esta recomendación, al reservarles el conocimiento y absolución de estos pecados secretos, les aseguraba un increíble dominio sobre las mujeres y les abría el camino hacia una lascivia sin límites”. Es una lástima que el Sade libertino tenga tanta fuerza en sus escritos y apenas haya dejado traslucir al Sade filósofo.
Por cierto, he tenido conocimiento de que alguien de la productora de ‘El Deseo’ se ha interesado por mi página web.
Como tantos chavales con pocos recursos en este país (un servidor mismo), Almodóvar estudió en colegios de curas. Él veía y oía hablar de los abusos sexuales pero confiesa que “tenía que seguir callando lo que allí sucedía”. Quizás yo tuve la suerte de que en los centros donde me ingresaron no se produjera nada de eso, tan sólo los habituales castigos físicos de aquella época (tirones de orejas por desafinar, si eras niño de coro; coscorrones por no atender o por reírte en misa, si monaguillo; etcétera). En ALO también recojo el testimonio de Haro Tecglen sobre los abusos sexuales de curas, frailes y monjes en su época. ¿Cuándo pedirá perdón la Iglesia española por esto? ¿O seguirá enrocado Rouco en la negación de los hechos? Parece que no han aprendido mucho de los católicos estadounidenses. También tiene culpa la sociedad y la clase política, que sigue permitiendo privilegios (privatae legis, leyes privadas, qué bonita la etimología) a esta gente en un estado que se supone aconfesional, pero una cosa es lo que reza la Constitución, ese papel mojado, y otra la testaruda realidad.
Seguro que Almodóvar suscribiría la cita de Juan Varo Zafra que apunto en ALO: “La mayoría de los que piden un mundo sin Dios se conformarían con un mundo sin sacerdotes”. Tengo un hermano que escandaliza a muchos contertulios cuando suelta: “La gente y el mundo se ahorrarían la mitad de problemas si de una vez supiera que no hay ningún dios”. Sade metía el dedo en la llaga ya a finales del XVIII cuando relataba: “Los sacerdotes tenían buenos motivos para prohibirnos la lujuria; esta recomendación, al reservarles el conocimiento y absolución de estos pecados secretos, les aseguraba un increíble dominio sobre las mujeres y les abría el camino hacia una lascivia sin límites”. Es una lástima que el Sade libertino tenga tanta fuerza en sus escritos y apenas haya dejado traslucir al Sade filósofo.
Por cierto, he tenido conocimiento de que alguien de la productora de ‘El Deseo’ se ha interesado por mi página web.
Las orgías de Partridge
Como me sucediera con ‘Historia de la vida privada’ (5 tomos editados en Taurus), con ‘Historia de las orgías’, de Burgo Partridge, (Ediciones B, 2004), me he llevado una leve decepción. Quizás el propósito de ambas obras sea demasiado ambicioso, aunque para empezar no está mal.
Partridge, que concibió esta obra a los 23 años (murió a los 28), salvó con ella a su editor de la quiebra. Me parece interesantísimo el enfoque que le da a la sexualidad de los griegos, quizás la parte más acertada. Sin pena ni gloria pasa por otros periodos históricos, pero el que considero totalmente incompleto es el capítulo dedicado a los victorianos. Me resultó mucho más útil para conocer este periodo el libro de Ian Gibson titulado ‘El erotómano’ (Ediciones B, 2002), a pesar de sus evidentes meteduras de pata en cuanto a sexualidad femenina. Gibson considera que Ashbee miente o fabula cuando dice que algunas mujeres eyaculan, pero se lo podemos perdonar a este gran hispanista y divulgador cultural.
De todas maneras, en el libro de Burgo se aprende mucha historia. Es chocante conocer la existencia de clubs en el siglo XVIII dedicados sólo al fornicio, o que en Londres circulaban ya en esa época guías de las putas más famosas y los servicios que ofrecían, como si se tratase de las guías telefónicas de hoy en día. Los famosos ‘books’ de prostitutas de lujo de los que se habla tanto hoy no son ninguna novedad.
Me olvidaba: el libro guarda en las páginas centrales varias imágenes de pinturas, litografías y grabados de todas las épocas. Los cazadores de pornógrafos infantiles se escandalizarían con la acuarela anónima de principios del siglo XX, donde se observa a un noble haciéndole un cunnilingus a una niña morena y penetrando a una rubia. La foto de la orgía de la página 130 nos indica que los ‘gang bangs’ existen desde que el mundo es mundo. Es una pena que Partridge falleciera tan joven. Seguramente alguien tendrá que escribir la historia de las modernas orgías. Estoy pendiente de leer el más reciente ‘Libro de las orgías’, de un tal Solís, en RBA. Es un recorrido por la literatura referida a ese asunto. Promete.
Partridge, que concibió esta obra a los 23 años (murió a los 28), salvó con ella a su editor de la quiebra. Me parece interesantísimo el enfoque que le da a la sexualidad de los griegos, quizás la parte más acertada. Sin pena ni gloria pasa por otros periodos históricos, pero el que considero totalmente incompleto es el capítulo dedicado a los victorianos. Me resultó mucho más útil para conocer este periodo el libro de Ian Gibson titulado ‘El erotómano’ (Ediciones B, 2002), a pesar de sus evidentes meteduras de pata en cuanto a sexualidad femenina. Gibson considera que Ashbee miente o fabula cuando dice que algunas mujeres eyaculan, pero se lo podemos perdonar a este gran hispanista y divulgador cultural.
De todas maneras, en el libro de Burgo se aprende mucha historia. Es chocante conocer la existencia de clubs en el siglo XVIII dedicados sólo al fornicio, o que en Londres circulaban ya en esa época guías de las putas más famosas y los servicios que ofrecían, como si se tratase de las guías telefónicas de hoy en día. Los famosos ‘books’ de prostitutas de lujo de los que se habla tanto hoy no son ninguna novedad.
Me olvidaba: el libro guarda en las páginas centrales varias imágenes de pinturas, litografías y grabados de todas las épocas. Los cazadores de pornógrafos infantiles se escandalizarían con la acuarela anónima de principios del siglo XX, donde se observa a un noble haciéndole un cunnilingus a una niña morena y penetrando a una rubia. La foto de la orgía de la página 130 nos indica que los ‘gang bangs’ existen desde que el mundo es mundo. Es una pena que Partridge falleciera tan joven. Seguramente alguien tendrá que escribir la historia de las modernas orgías. Estoy pendiente de leer el más reciente ‘Libro de las orgías’, de un tal Solís, en RBA. Es un recorrido por la literatura referida a ese asunto. Promete.
Melissa P.
He acabado en poco menos de 5 horas (repartidas en dos tardes) el libro ‘Los cien golpes’, de Melissa P. (Ediciones Poliedro, Barcelona, 2003). Una obra considerada escandalosa en Italia por el simple hecho de narrar la iniciación sexual de una menor de 15 años. Tras haber leído a Sade, Apollinaire o Salten, imposible estar de acuerdo con ese calificativo. Siempre digo que hay que volver a los clásicos, redescubrirlos.
El título en italiano, ‘Cento colpi di spazzola prima di andare a dormire’ (Cien golpes de peine antes de ir a dormir) ya desvela un poco el lenguaje poético con que la protagonista se va a referir al sexo: como una princesita. Si llama a su vagina “mi rosa” o “mi secreto” podría llevarnos a pensar que el diario es una ñoñería, pero no es así: esta adolescente narra prolijamente sus encuentros sexuales. Algunos párrafos incitarán a más de uno y de una a leer el libro con una sola mano.
Entre los críticos, se considera más atrevido este libro que ‘Catherine M’, un libro que por cierto he perdido de vista, no sé si por prestarlo o por una deslocalización de mi mujer. La obra de Catherine Millet (creo que estaba en Anagrama) me decepcionó bastante. Me pareció más amena la historia de Valèrie Tasso (Diario de una ninfómana, Plaza&Janés 2003), aunque parece que pierde misterio cuando se ve a la protagonista en televisión. Últimamente se prodigó mucho con la promoción de ‘El año que trafiqué con mujeres’, de Antonio Salas. No sé nada de ambos desde que Javier Sardá desveló en ‘Crónicas Marcianas’ la identidad de este último.
En ‘Los cien golpes’, Melissa cuenta episodios de sexo esporádico con chicos de su edad, pero destaca sobre todo la narración de orgías con ella como protagonista, de la historia del profesor que la llamaba Lolita o su interés por ver a dos homosexuales follando. Tampoco falta una experiencia lésbica liviana.
Si atendemos a los postulados de Acpi (Asociación contra la pornografía infantil), este libro debería ser prohibido, porque narra sexo con una menor. Como en tiempos de la Inquisición o de la Alemania nazi, parece que apuestan por volver a la quema de libros. Tienen un arduo trabajo, pues eliminar a Pierre Loüys, Sade, Apollinaire, MacKay, Genet y tantos otros de las bibliotecas nacionales de todo el mundo les costará un rato. Y no digamos de las narraciones pornográficas con menores que se pueden encontrar en Internet. Tendrían que magnetizar muchísimos discos duros. Como decía Cesare Pavesse: “por muy santos que seamos, saber que otro folla nos disgusta y nos ofende”.
El título en italiano, ‘Cento colpi di spazzola prima di andare a dormire’ (Cien golpes de peine antes de ir a dormir) ya desvela un poco el lenguaje poético con que la protagonista se va a referir al sexo: como una princesita. Si llama a su vagina “mi rosa” o “mi secreto” podría llevarnos a pensar que el diario es una ñoñería, pero no es así: esta adolescente narra prolijamente sus encuentros sexuales. Algunos párrafos incitarán a más de uno y de una a leer el libro con una sola mano.
Entre los críticos, se considera más atrevido este libro que ‘Catherine M’, un libro que por cierto he perdido de vista, no sé si por prestarlo o por una deslocalización de mi mujer. La obra de Catherine Millet (creo que estaba en Anagrama) me decepcionó bastante. Me pareció más amena la historia de Valèrie Tasso (Diario de una ninfómana, Plaza&Janés 2003), aunque parece que pierde misterio cuando se ve a la protagonista en televisión. Últimamente se prodigó mucho con la promoción de ‘El año que trafiqué con mujeres’, de Antonio Salas. No sé nada de ambos desde que Javier Sardá desveló en ‘Crónicas Marcianas’ la identidad de este último.
En ‘Los cien golpes’, Melissa cuenta episodios de sexo esporádico con chicos de su edad, pero destaca sobre todo la narración de orgías con ella como protagonista, de la historia del profesor que la llamaba Lolita o su interés por ver a dos homosexuales follando. Tampoco falta una experiencia lésbica liviana.
Si atendemos a los postulados de Acpi (Asociación contra la pornografía infantil), este libro debería ser prohibido, porque narra sexo con una menor. Como en tiempos de la Inquisición o de la Alemania nazi, parece que apuestan por volver a la quema de libros. Tienen un arduo trabajo, pues eliminar a Pierre Loüys, Sade, Apollinaire, MacKay, Genet y tantos otros de las bibliotecas nacionales de todo el mundo les costará un rato. Y no digamos de las narraciones pornográficas con menores que se pueden encontrar en Internet. Tendrían que magnetizar muchísimos discos duros. Como decía Cesare Pavesse: “por muy santos que seamos, saber que otro folla nos disgusta y nos ofende”.
Pedófilos en Interviu.
Esta semana la revista Interviu se despacha con un reportaje sobre pedófilos. Los mismos tópicos, la misma rumorología, los habituales chascarrillos, esta vez firmados por Manuel Marlasca, uno de los periodistas más avezados en sucesos de este país.
Me parece chocante que las primeras dos páginas estén ocupadas por una imagen en la que se aprecian claramente fotos de pornografía infantil en un ordenador y fotogramas de un vídeo de la misma temática donde se ve claramente a una niña con un pene en la boca. Parece que el delito de distribución de pornografía infantil se puede saltar en reportajes sensacionalistas, siempre que dejen en buen lugar a las fuerzas del orden.
Me extraña que mis amigos de la Brigada de Investigación Tecnológica no me nombren tras haberle dicho a mi mujer que yo era “uno de los pornógrafos infantiles más importantes del mundo”. En el artículo se refieren a la Operación Troya, “la más importante de su corta historia”. Sin embargo, la Operación Artús fue vendida en su día como la mayor del mundo (ver notas de Interior en www.aliciaenelladooscuro.com). ¿Qué pasó, señores agentes? ¿En qué quedamos? Por lo visto, en ‘Troya’, los agentes de la BIT analizaron más de 6.000 fotografías, que los miembros de la red se intercambiaban. Vaya, ¿y mis casi 200.000 ficheros? ¿los analizaron todos? Mucho me temo que alguien nos engaña sobre la eficacia policial.
Lo que tiene más miga es el apartado dedicado a Acpi, con su presidente a la cabeza, Guillermo Cánovas. Sobre este colectivo se dice en ‘Alicia en el lado oscuro’:
“Hay otras asociaciones, por ejemplo en España, Acpi (Asociación contra la pornografía infantil) que dan también sus recetas, en muchos casos basadas en estadísticas exageradas y sacadas de contexto, a las que acuden a menudo los medios de comunicación para realizar reportajes sensacionalistas. Según esta asociación, más que pedófilos, existen adictos al sexo, y su visión de pornografía infantil los incita a que abusen de menores. La realidad científica ha demostrado hace tiempo que la visión de pornografía, igual que la visión de asesinatos y violencia extrema en televisión que sufrimos todos los días, no tiene una relación directa con los actos. Si una asociación quiere ser seria y luchar contra algún problema social, se debería limitar a informar verazmente y evitar sofismas de este tipo, que anulan su credibilidad. De todas maneras, reconocemos la labor de concienciación de Acpi, aunque no sus bases deontológicas, demasiado conservadoras, ni los informes que cuelga en su página web, faltos de rigor y alarmistas hasta el extremo. ¿Cómo se puede relacionar la desaparición de menores con la prostitución infantil de forma seria en España? ¿Por qué confunde todo el rato prostitución infantil con prostitución de menores? Sobreabundando en esta asociación y sus planteamientos, llega a proponer como pornografía infantil la escrita, cuando debería saberse que el Consejo de Europa la define como “cualquier material audiovisual que utiliza a niños en su contexto sexual”. Como apunta Fermín Morales, catedrático de Derecho Penal en Barcelona, “la literatura erótica infantil debe quedar deslindada de la pornografía infantil, por cuanto constituye un concepto diverso que alude a materiales relacionados con niños en los que están presentes alegorías o propósitos sexuales, lo que no es objeto de prohibición legal en los ordenamientos estatales”. De prohibir la literatura a prohibir el mismo pensamiento, como pretendían los victorianos, hay un paso.”
Lo aparecido en el reportaje sobre Acpi me reafirma en mis ideas. ¿Son acaso psicólogos o psiquiatras para rehabilitar a pedófilos? ¿Está controlada esta rehabilitación de forma científica? ¿Qué significa que ciertos presuntos pedófilos aportan dinero a Acpi para rehabilitarse? En cuanto al ejemplo que da Cánovas para alejar al pedófilo de su objeto de deseo es, cuando menos, chusco: “que vaya al cine o que haga cualquier otra cosa”. Sencillamente delirante. Además, Guillermo Cánovas es pluriempleado ejecutivo: no sólo preside Acpi, sino también Protégeles “una organización completamente profesionalizada. La identidad y el número de personas que trabajan allí es un secreto”. Uy, qué miedo... ¿pero esto es legal? ¿acaso los trabajadores de Ong no tienen que someterse a las mismas obligaciones que los demás? ¿o son un servicio secreto? Sin comentarios.
Otro tanto ocurre con el ejemplo de Anesvad, Ong que, no contenta con exhibir de forma obscena el dolor humano en sus anuncios en televisión, se lanza a crear una “página-trampa para pedófilos”. ¿No sería más bien para pornógrafos infantiles, para voyeurs? ¿Cuándo vamos a empezar a distinguir un trastorno mental de una adicción? ¿O nos vale todo con tal de que nos hagan caso? Sobre Anesvad se comenta en ‘Alicia en el lado oscuro’:
“En España, organizaciones no gubernamentales, que empezaron luchando contra la lepra, como Anesvad, también se han implicado en perseguir posibles abusadores sexuales de niños. Su iniciativa más espectacular, que no efectiva, tuvo lugar en 2002 con la creación de una página web trampa llamada Nymphosex, que permitió la policía española. En ese año registraron 49.103 visitas de internautas, a los que califica de consumidores de pornografía infantil (el autor de esta obra visita a menudo páginas web de anarquistas y no es un anarquista). Con esta artimaña, se permite lanzar estadísticas e incluso dar perfiles de los consumidores de pornografía infantil (varones, más de 35 años, urbanitas, apariencia normal, escasa empatía hacia otras personas, incapaces de seducir a adultos, insensibles, pocas habilidades sociales... ¿no les suenan a los peores perfiles de los pederastas que se han expuesto antes?). En una entrevista, un integrante de Anesvad, Joseba Fernández, busca la culpa: “Precisamente es el anonimato que proporciona Internet y la falta de contacto físico con unos menores con graves problemas y que son explotados lo que hace que estas personas no reconozcan su culpa”, dice. Quizás se les olvidó en su web poner un apartado tipo “Haga clic aquí para reconocer su culpa”. En su afán por criminalizar estas conductas, Anesvad cae en la misma exageración que los cuerpos policiales y se saca datos de la manga. Por lo visto, las webs sobre pornografía infantil generan un negocio de 1000 millones de euros en el mundo y reciben más de 2.000 millones de visitas al año. La pregunta es: ¿cómo lo cuentan? ¿o son estimaciones que interesan para alarmar? Llegan a sacar conclusiones como que España es el segundo consumidor mundial de pornografía en Internet, cuando está a la cola en conexiones con respecto a países europeos. Quizás lo que no interesa dar a conocer es que los internautas españolas son de los menos formados y es más fácil saber por qué páginas circulan, mientras en los países del norte de Europa están las comunidades de pedófilos más activas y sus servicios sociales, que funcionan muchísimo mejor que los españoles, no detectan más abusos ni más pornografía infantil. Sería inútil extenderse más por las falacias de Anesvad, que llega a decir que en 2002 fueron objeto de abusos sexuales más de un millón y medio de menores sólo en España mientras que entre 1997 y 2000 sólo se produjeron 1.778 denuncias relativas a los diversos tipos de explotación sexual infantil. Una de dos: o muy bien funciona Anesvad y la policía y los servicios sociales españoles están en las nubes, o mucho se falsea la realidad. A la campaña de Anesvad sólo le surgió una voz crítica (o que al menos tuvo reflejo mediático). La espoleta fue su conclusión de que tres de cada diez consumidores de porno infantil acaban abusando de niños. La presidenta de la asociación ‘Clara Campoamor’, Blanca Estrella Ruiz, puso en cuestión el método para realizar el estudio y duda de la conveniencia de difundir los resultados de este tipo de investigaciones. Esta asociación española se personó en varias causas judiciales sobre pornografía y corrupción de menores y cree que “no vale hablar, sino que es necesario actuar”. Por estas manifestaciones, este colectivo parece tener claro todo lo referente a este problema en todos sus aspectos, por lo que obras como la presente le parecerán peligrosas e inconvenientes.”
Tengo que reconocer que coincido plenamente con la afirmación de Carlos Lobato, responsable de la BIT, cuando dice “ahora hay tantos pedófilos como antes, pero nuestras investigaciones los ponen bajo los focos; no creo que Internet haya servido para extender la pedofilia”. Lo que es una pena es que confunda pedofilia con voyeurismo y consumo de pornografía infantil, al igual que se hace en todo el reportaje de Marlasca.
Me parece chocante que las primeras dos páginas estén ocupadas por una imagen en la que se aprecian claramente fotos de pornografía infantil en un ordenador y fotogramas de un vídeo de la misma temática donde se ve claramente a una niña con un pene en la boca. Parece que el delito de distribución de pornografía infantil se puede saltar en reportajes sensacionalistas, siempre que dejen en buen lugar a las fuerzas del orden.
Me extraña que mis amigos de la Brigada de Investigación Tecnológica no me nombren tras haberle dicho a mi mujer que yo era “uno de los pornógrafos infantiles más importantes del mundo”. En el artículo se refieren a la Operación Troya, “la más importante de su corta historia”. Sin embargo, la Operación Artús fue vendida en su día como la mayor del mundo (ver notas de Interior en www.aliciaenelladooscuro.com). ¿Qué pasó, señores agentes? ¿En qué quedamos? Por lo visto, en ‘Troya’, los agentes de la BIT analizaron más de 6.000 fotografías, que los miembros de la red se intercambiaban. Vaya, ¿y mis casi 200.000 ficheros? ¿los analizaron todos? Mucho me temo que alguien nos engaña sobre la eficacia policial.
Lo que tiene más miga es el apartado dedicado a Acpi, con su presidente a la cabeza, Guillermo Cánovas. Sobre este colectivo se dice en ‘Alicia en el lado oscuro’:
“Hay otras asociaciones, por ejemplo en España, Acpi (Asociación contra la pornografía infantil) que dan también sus recetas, en muchos casos basadas en estadísticas exageradas y sacadas de contexto, a las que acuden a menudo los medios de comunicación para realizar reportajes sensacionalistas. Según esta asociación, más que pedófilos, existen adictos al sexo, y su visión de pornografía infantil los incita a que abusen de menores. La realidad científica ha demostrado hace tiempo que la visión de pornografía, igual que la visión de asesinatos y violencia extrema en televisión que sufrimos todos los días, no tiene una relación directa con los actos. Si una asociación quiere ser seria y luchar contra algún problema social, se debería limitar a informar verazmente y evitar sofismas de este tipo, que anulan su credibilidad. De todas maneras, reconocemos la labor de concienciación de Acpi, aunque no sus bases deontológicas, demasiado conservadoras, ni los informes que cuelga en su página web, faltos de rigor y alarmistas hasta el extremo. ¿Cómo se puede relacionar la desaparición de menores con la prostitución infantil de forma seria en España? ¿Por qué confunde todo el rato prostitución infantil con prostitución de menores? Sobreabundando en esta asociación y sus planteamientos, llega a proponer como pornografía infantil la escrita, cuando debería saberse que el Consejo de Europa la define como “cualquier material audiovisual que utiliza a niños en su contexto sexual”. Como apunta Fermín Morales, catedrático de Derecho Penal en Barcelona, “la literatura erótica infantil debe quedar deslindada de la pornografía infantil, por cuanto constituye un concepto diverso que alude a materiales relacionados con niños en los que están presentes alegorías o propósitos sexuales, lo que no es objeto de prohibición legal en los ordenamientos estatales”. De prohibir la literatura a prohibir el mismo pensamiento, como pretendían los victorianos, hay un paso.”
Lo aparecido en el reportaje sobre Acpi me reafirma en mis ideas. ¿Son acaso psicólogos o psiquiatras para rehabilitar a pedófilos? ¿Está controlada esta rehabilitación de forma científica? ¿Qué significa que ciertos presuntos pedófilos aportan dinero a Acpi para rehabilitarse? En cuanto al ejemplo que da Cánovas para alejar al pedófilo de su objeto de deseo es, cuando menos, chusco: “que vaya al cine o que haga cualquier otra cosa”. Sencillamente delirante. Además, Guillermo Cánovas es pluriempleado ejecutivo: no sólo preside Acpi, sino también Protégeles “una organización completamente profesionalizada. La identidad y el número de personas que trabajan allí es un secreto”. Uy, qué miedo... ¿pero esto es legal? ¿acaso los trabajadores de Ong no tienen que someterse a las mismas obligaciones que los demás? ¿o son un servicio secreto? Sin comentarios.
Otro tanto ocurre con el ejemplo de Anesvad, Ong que, no contenta con exhibir de forma obscena el dolor humano en sus anuncios en televisión, se lanza a crear una “página-trampa para pedófilos”. ¿No sería más bien para pornógrafos infantiles, para voyeurs? ¿Cuándo vamos a empezar a distinguir un trastorno mental de una adicción? ¿O nos vale todo con tal de que nos hagan caso? Sobre Anesvad se comenta en ‘Alicia en el lado oscuro’:
“En España, organizaciones no gubernamentales, que empezaron luchando contra la lepra, como Anesvad, también se han implicado en perseguir posibles abusadores sexuales de niños. Su iniciativa más espectacular, que no efectiva, tuvo lugar en 2002 con la creación de una página web trampa llamada Nymphosex, que permitió la policía española. En ese año registraron 49.103 visitas de internautas, a los que califica de consumidores de pornografía infantil (el autor de esta obra visita a menudo páginas web de anarquistas y no es un anarquista). Con esta artimaña, se permite lanzar estadísticas e incluso dar perfiles de los consumidores de pornografía infantil (varones, más de 35 años, urbanitas, apariencia normal, escasa empatía hacia otras personas, incapaces de seducir a adultos, insensibles, pocas habilidades sociales... ¿no les suenan a los peores perfiles de los pederastas que se han expuesto antes?). En una entrevista, un integrante de Anesvad, Joseba Fernández, busca la culpa: “Precisamente es el anonimato que proporciona Internet y la falta de contacto físico con unos menores con graves problemas y que son explotados lo que hace que estas personas no reconozcan su culpa”, dice. Quizás se les olvidó en su web poner un apartado tipo “Haga clic aquí para reconocer su culpa”. En su afán por criminalizar estas conductas, Anesvad cae en la misma exageración que los cuerpos policiales y se saca datos de la manga. Por lo visto, las webs sobre pornografía infantil generan un negocio de 1000 millones de euros en el mundo y reciben más de 2.000 millones de visitas al año. La pregunta es: ¿cómo lo cuentan? ¿o son estimaciones que interesan para alarmar? Llegan a sacar conclusiones como que España es el segundo consumidor mundial de pornografía en Internet, cuando está a la cola en conexiones con respecto a países europeos. Quizás lo que no interesa dar a conocer es que los internautas españolas son de los menos formados y es más fácil saber por qué páginas circulan, mientras en los países del norte de Europa están las comunidades de pedófilos más activas y sus servicios sociales, que funcionan muchísimo mejor que los españoles, no detectan más abusos ni más pornografía infantil. Sería inútil extenderse más por las falacias de Anesvad, que llega a decir que en 2002 fueron objeto de abusos sexuales más de un millón y medio de menores sólo en España mientras que entre 1997 y 2000 sólo se produjeron 1.778 denuncias relativas a los diversos tipos de explotación sexual infantil. Una de dos: o muy bien funciona Anesvad y la policía y los servicios sociales españoles están en las nubes, o mucho se falsea la realidad. A la campaña de Anesvad sólo le surgió una voz crítica (o que al menos tuvo reflejo mediático). La espoleta fue su conclusión de que tres de cada diez consumidores de porno infantil acaban abusando de niños. La presidenta de la asociación ‘Clara Campoamor’, Blanca Estrella Ruiz, puso en cuestión el método para realizar el estudio y duda de la conveniencia de difundir los resultados de este tipo de investigaciones. Esta asociación española se personó en varias causas judiciales sobre pornografía y corrupción de menores y cree que “no vale hablar, sino que es necesario actuar”. Por estas manifestaciones, este colectivo parece tener claro todo lo referente a este problema en todos sus aspectos, por lo que obras como la presente le parecerán peligrosas e inconvenientes.”
Tengo que reconocer que coincido plenamente con la afirmación de Carlos Lobato, responsable de la BIT, cuando dice “ahora hay tantos pedófilos como antes, pero nuestras investigaciones los ponen bajo los focos; no creo que Internet haya servido para extender la pedofilia”. Lo que es una pena es que confunda pedofilia con voyeurismo y consumo de pornografía infantil, al igual que se hace en todo el reportaje de Marlasca.
Pensando en mi hijo.
Mi hijo Álex cumple tres meses. Nunca creí que ser padre pudiera colmar a uno de tanto orgullo. El otro día lo vio por primera vez la abuela materna y dijo que era como yo de pequeño: necesitaba que me atendieran enseguida si tenía hambre o el pañal sucio, o ponía el grito en el cielo. Es admirable la necesidad de afecto que tenemos los seres humanos, seamos adultos o niños.
Hablando de niños, las últimas noticias sobre abusos a menores en España han partido de la diócesis de Madrid. Antonio María Rouco Varela ha sido otra vez puesto en tela de juicio por proteger a un cura que abusó de dos niños (lo de pederasta lo dice la prensa poco rigurosa, insisto). En mi libro ya sale con otro caso: espero que no siga en esta línea. La iglesia española se tiene que poner las pilas como se las puso la americana. Me temo que hay los mismos casos. El otro día murió en mi zona un cura y una feligresa que conozco me contó que cuando se confesaba de pequeña le hacía darle un beso en la boca para que la absolviera y aprovechaba para tocarle el culito. También he tenido noticias de otro de esta zona que tiene incluso fotos de quienes ha abusado, pero ninguno de esos niños se ha atrevido a denunciarlo. Y yo soy periodista, no juez ni policía, me limito a contar lo que me cuentan y de todo esto no tengo pruebas, sólo testimonios.
Hablando de niños, las últimas noticias sobre abusos a menores en España han partido de la diócesis de Madrid. Antonio María Rouco Varela ha sido otra vez puesto en tela de juicio por proteger a un cura que abusó de dos niños (lo de pederasta lo dice la prensa poco rigurosa, insisto). En mi libro ya sale con otro caso: espero que no siga en esta línea. La iglesia española se tiene que poner las pilas como se las puso la americana. Me temo que hay los mismos casos. El otro día murió en mi zona un cura y una feligresa que conozco me contó que cuando se confesaba de pequeña le hacía darle un beso en la boca para que la absolviera y aprovechaba para tocarle el culito. También he tenido noticias de otro de esta zona que tiene incluso fotos de quienes ha abusado, pero ninguno de esos niños se ha atrevido a denunciarlo. Y yo soy periodista, no juez ni policía, me limito a contar lo que me cuentan y de todo esto no tengo pruebas, sólo testimonios.
El 11M - crucifixión
No sé lo que comentará Arcadi Espada sobre los detenidos a consecuencia del 11M pero es alucinante cómo se está crucificando al asturiano. Ni presunto, ni iniciales, ni nada. Sale su foto, hablan con sus vecinos, cuentan su vida sin pudor. ¿Qué hay de la famosa presunción de inocencia? ¿Le van a dedicar el mismo espacio si sale absuelto? ¿Algún periodista cree en este país en la reinserción social? Ya tengo ganas de leer a Espada. Si sigue en su línea purista, cargará contra toda la profesión. ¿O se habrá ablandado? ¿Hay noticias en las que se debe guardar rigor y otras no, que no importan?
El error.
19 marzo
Hace 2 años de mi detención. Cuando me pusieron las esposas creí que era una cámara oculta. Estaba frente a una tienda de electrodomésticos en la que buscaba una plancha, ya que el día anterior se le había caído al suelo a mi mujer y se había roto la nuestra. El diario sensacionalista que me dedicó dos páginas dijo que iba a por el pan, cuando en mi casa apenas se consume. Eran seis policías, distribuidos en dos coches. Al entrar en mi casa llegaron cuatro más. Diez policías para un periodista gris: muy comedido el asunto. Me llevaron enfrente a un colegio privado: se pensaban que allí actuaba, como pederasta que pensaban que era. Era el colegio donde trabajaba mi mujer como orientadora, un centro al que yo sólo había ido de vez en cuando a hacer algún reportaje puntual para el periódico donde estaba empleado. Me tuvieron retenido al menos dos horas “mientras llega la secretaria judicial”. Luego entraron en mi casa, con las llaves que yo les proporcioné. Mi mujer, psicóloga, estaba trabajando. Entraron en la sala de espera y uno llevaba una pistola en la mano, con la que apuntó a un niño de 10 años que allí estaba con su madre mientras gritaba “Tranquilos!!!, policía, policía”. Por supuesto, mi mujer perdió a esos clientes. Luego, el mismo poli exaltado, abrió de una patada la puerta que comunica la consulta con nuestra casa, cuando tenía la llave en la mano. Se esperaría encontrar allí un harén de niños, y no había nada. Se fueron directamente a mi ordenador y estaba apagado, algo que no se esperaban. Fueron unas 8 horas de tortura psicológica, que ellos llamaron registro. Mi mujer llorando en la cocina (nos separaron) sin creerse lo que estaba pasando. No nos dejaron llamar a nadie, ni siquiera a un abogado. Se pusieron a husmear en mi ordenador y se encontraron con que estaba encriptado. Un listo quiso sacar las claves a pelo, ni de broma. Yo me negué a colaborar con ellos en todo momento. Alguien que busca que me separe de mi mujer e irrumpe en mi vida de esta manera no se merece ni agua. Me tuvieron esposado todo el rato, sólo me aflojaron las cadenas para mear y para comer (dos yogures en todo el día). Se pusieron a copiar en dvd´s todos mis discos duros, menos lo último, porque se les empezaron a estropear y decidieron acabar. Sobre las nueve de la noche me llevaron en un coche camuflado para Madrid, esposado todo el rato. En unas tres horas llegamos a Madrid, con la consiguiente puesta en riesgo de mi vida (íbamos todo el tiempo a 170-180 por hora). Al llegar, un informático de la policía (de la Brigada de Investigación Tecnológica) me dio la bienvenida. Le tocaba el papel de poli bueno. Me metieron en una habitación blanca sin ningún mueble. Me sentí amenazado físicamente, sobre todo por el que llevaba la voz cantante, un policía huesudo y de bigote al que llamaré Pedro Perales. Este individuo negoció con mi mujer que, si yo les contaba lo que ellos querían, al día siguiente estaría en mi casa y diríamos que todo fue una confusión. La encerrona la tenían bien ensayada. Casi sin dudarlo firmé la declaración que ya tenían preparada, justo cuando llegó la abogada de oficio que ellos mismos buscaron y que pasó de aconsejarme nada. Esta tremenda profesional le dijo a mi mujer que yo era un pervertido y que no había mucho que hacer. Justo lo que quería la policía. Sobre las tres de la mañana me llevaron a un calabozo y unas tres horas más tarde me juntaron con tp2, el otro detenido, al que le habían contado que yo era un monstruo. En plan colegueo, Pedro Perales nos llevó a desayunar y se pensó que me descubría las porras (un tipo de churros gigantes). Pensando que enseguida iba a quedar en libertad, pensé que la mejor opción era llevarse bien con los policías. Craso error. A primera hora de la mañana me vi ante el fiscal que luego me tocaría en el juicio (Jesús Santos, del Opus y hermano de Roberto Santos, periodista mezclado en el lío Gescartera) y enfrente a un juez del que luego me contarían que había sido policía en el franquismo y que ni siquiera me miró a la cara al tomarme declaración. Por supuesto, la abogada me dijo que me declarara “arrepentido”, o sea, “culpable”. Y no aprendí entonces...
Hace 2 años de mi detención. Cuando me pusieron las esposas creí que era una cámara oculta. Estaba frente a una tienda de electrodomésticos en la que buscaba una plancha, ya que el día anterior se le había caído al suelo a mi mujer y se había roto la nuestra. El diario sensacionalista que me dedicó dos páginas dijo que iba a por el pan, cuando en mi casa apenas se consume. Eran seis policías, distribuidos en dos coches. Al entrar en mi casa llegaron cuatro más. Diez policías para un periodista gris: muy comedido el asunto. Me llevaron enfrente a un colegio privado: se pensaban que allí actuaba, como pederasta que pensaban que era. Era el colegio donde trabajaba mi mujer como orientadora, un centro al que yo sólo había ido de vez en cuando a hacer algún reportaje puntual para el periódico donde estaba empleado. Me tuvieron retenido al menos dos horas “mientras llega la secretaria judicial”. Luego entraron en mi casa, con las llaves que yo les proporcioné. Mi mujer, psicóloga, estaba trabajando. Entraron en la sala de espera y uno llevaba una pistola en la mano, con la que apuntó a un niño de 10 años que allí estaba con su madre mientras gritaba “Tranquilos!!!, policía, policía”. Por supuesto, mi mujer perdió a esos clientes. Luego, el mismo poli exaltado, abrió de una patada la puerta que comunica la consulta con nuestra casa, cuando tenía la llave en la mano. Se esperaría encontrar allí un harén de niños, y no había nada. Se fueron directamente a mi ordenador y estaba apagado, algo que no se esperaban. Fueron unas 8 horas de tortura psicológica, que ellos llamaron registro. Mi mujer llorando en la cocina (nos separaron) sin creerse lo que estaba pasando. No nos dejaron llamar a nadie, ni siquiera a un abogado. Se pusieron a husmear en mi ordenador y se encontraron con que estaba encriptado. Un listo quiso sacar las claves a pelo, ni de broma. Yo me negué a colaborar con ellos en todo momento. Alguien que busca que me separe de mi mujer e irrumpe en mi vida de esta manera no se merece ni agua. Me tuvieron esposado todo el rato, sólo me aflojaron las cadenas para mear y para comer (dos yogures en todo el día). Se pusieron a copiar en dvd´s todos mis discos duros, menos lo último, porque se les empezaron a estropear y decidieron acabar. Sobre las nueve de la noche me llevaron en un coche camuflado para Madrid, esposado todo el rato. En unas tres horas llegamos a Madrid, con la consiguiente puesta en riesgo de mi vida (íbamos todo el tiempo a 170-180 por hora). Al llegar, un informático de la policía (de la Brigada de Investigación Tecnológica) me dio la bienvenida. Le tocaba el papel de poli bueno. Me metieron en una habitación blanca sin ningún mueble. Me sentí amenazado físicamente, sobre todo por el que llevaba la voz cantante, un policía huesudo y de bigote al que llamaré Pedro Perales. Este individuo negoció con mi mujer que, si yo les contaba lo que ellos querían, al día siguiente estaría en mi casa y diríamos que todo fue una confusión. La encerrona la tenían bien ensayada. Casi sin dudarlo firmé la declaración que ya tenían preparada, justo cuando llegó la abogada de oficio que ellos mismos buscaron y que pasó de aconsejarme nada. Esta tremenda profesional le dijo a mi mujer que yo era un pervertido y que no había mucho que hacer. Justo lo que quería la policía. Sobre las tres de la mañana me llevaron a un calabozo y unas tres horas más tarde me juntaron con tp2, el otro detenido, al que le habían contado que yo era un monstruo. En plan colegueo, Pedro Perales nos llevó a desayunar y se pensó que me descubría las porras (un tipo de churros gigantes). Pensando que enseguida iba a quedar en libertad, pensé que la mejor opción era llevarse bien con los policías. Craso error. A primera hora de la mañana me vi ante el fiscal que luego me tocaría en el juicio (Jesús Santos, del Opus y hermano de Roberto Santos, periodista mezclado en el lío Gescartera) y enfrente a un juez del que luego me contarían que había sido policía en el franquismo y que ni siquiera me miró a la cara al tomarme declaración. Por supuesto, la abogada me dijo que me declarara “arrepentido”, o sea, “culpable”. Y no aprendí entonces...
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