En países como Alemania, donde la industria farmacéutica ocupa un lugar destacado en la economía, la creación de nuevas enfermedades –en especial psíquicas- es un nicho de mercado creciente. El síndrome de la pierna inquieta –en mi familia somos unos cuantos los que tenemos ese tic- fue uno de sus últimos descubrimientos. El de después de las vacaciones supongo que será otra invención… Y me desgano sólo de hablar sobre él.
Según las últimas investigaciones, el síndrome postvacacional es un simple desajuste entre las rutinas. De unos días con horarios laxos, o sin horarios, volvemos a una parrilla de tiempos cada vez más competitivos y estresantes. Por eso suelen hablar de ese síndrome en especial los periodistas, principales creadores de alarma social basada en la opinión de otros, los funcionarios, los profesores y los médicos. Sus horarios demenciales y a veces sus frustraciones ante la marcha de la empresa o del mismo estado, que no flexibiliza ni adapta los tiempos pues sólo piensa en su beneficio, provocan todo ese malestar.
En esta época en que se patologiza todo, en que buscamos una pastilla para cada insatisfacción, invertir en farmaindustria es lo más sensato, les dirán los asesores financieros. Si alguien les habla de cambiar la forma de vida, de organización del trabajo, de relajar la presión a que nos somete nuestro entorno y de la que ejercemos sobre el mismo, no le haga caso. Puede estar fundando una nueva secta. O ser de esos locos que no necesitan tanto para vivir, esos iluminados del poco gastar, vivir despacio y disfrutar de lo natural en pequeñas dosis. Ya tardan en inventar una píldora que los cure. De cuajo.
Periodismo digno
Me encuentro en el The New York Times un artículo de Michael Wines sobre algo que me ha preocupado muchas veces, en especial desde el caso del peregrino Jiménez. Se lo he contado aquí. Un peregrino (a Santiago, decía) especialista en recabar entrevistas y luego donativos a periodistas primerizos. Yo fui una de sus múltiples víctimas.
Wines, mucha más viajado, plantea el dilema de qué hacer cuando pides declaraciones a alguien que se está literalmente muriendo de hambre, o sida, o es pobre de solemnidad (pobre de solemnidad es como inteligencia militar, una paradoja). La recomendación en ciertas zonas de África, según Wines, es ayudar –sólo una vez, eh- a toda la comunidad. Él se gastó 60 euros y dio de comer a unas 30 personas, luego de entrevistar a unas pocas. Hay muchas variables: el periodista es visto como una lotería, el vecino del entrevistado dice ¿y por qué yo no?, y los rumores hacen estragos. Pero claro, vas a Rusia y hay niños de la calle, o a Paraguay, o a Sao Paulo. ¿Qué hacer?
En su periódico tienen una experiencia fallida: un niño de Sudáfrica que quiere ser piloto. Los lectores, unos pocos, se ofrecieron a pagar su educación. El chaval es un desastre, según nuestros cánones educativos. Luego se plantea la logística de repartir pequeñas sumas, que nos ilustra sobre lo mal distribuido que está el mundo. Al final, Wines opta por lo que pueda hacer cada uno. Y me recuerda a Bob Geldof, que desde sus hoteles de 5 estrellas dice a los periodistas: “No podéis arreglar el hambre, eso es cuestión de los gobiernos”. Y lleva razón.
Wines, mucha más viajado, plantea el dilema de qué hacer cuando pides declaraciones a alguien que se está literalmente muriendo de hambre, o sida, o es pobre de solemnidad (pobre de solemnidad es como inteligencia militar, una paradoja). La recomendación en ciertas zonas de África, según Wines, es ayudar –sólo una vez, eh- a toda la comunidad. Él se gastó 60 euros y dio de comer a unas 30 personas, luego de entrevistar a unas pocas. Hay muchas variables: el periodista es visto como una lotería, el vecino del entrevistado dice ¿y por qué yo no?, y los rumores hacen estragos. Pero claro, vas a Rusia y hay niños de la calle, o a Paraguay, o a Sao Paulo. ¿Qué hacer?
En su periódico tienen una experiencia fallida: un niño de Sudáfrica que quiere ser piloto. Los lectores, unos pocos, se ofrecieron a pagar su educación. El chaval es un desastre, según nuestros cánones educativos. Luego se plantea la logística de repartir pequeñas sumas, que nos ilustra sobre lo mal distribuido que está el mundo. Al final, Wines opta por lo que pueda hacer cada uno. Y me recuerda a Bob Geldof, que desde sus hoteles de 5 estrellas dice a los periodistas: “No podéis arreglar el hambre, eso es cuestión de los gobiernos”. Y lleva razón.
Guerra de esquelas
Lo de este verano en la sección de necrológicas me deja estupefacto. Esquelas sobre muertos de hace 70 años. En El País, los asesinados por “los fascistas”. En “El Mundo”, los caídos “bajo las hordas rojas”. Ya me he extendido mucho sobre el guerracivilismo, pero esa guerra de esquelas confirma que se ha cerrado en falso el genocidio franquista. Que muchos socialistas son rehenes de su pasado. Que la transición no nos ha llevado a ninguna parte (trans-ire), que seguimos en el desierto, atravesando a paso lento, con cargas enormes.
El último en contarme que la guerra no sirvió para nada fue el director de esta residencia. Familia en los dos bandos. Dolor doble, como en tantos casos. Sufrimiento inútil, tantas veces. Religión, ideología, política, economía: lo que se quiso vender. Envidia, mezquindez, bajeza humana: lo que fue en la mayor parte de los casos. La selva. El lobo hombre para el lobo humano de Hobbes.
La guerra sigue. En cada fosa sin levantar, en cada calle con nombre de vencedor y no de vencido, en cada hijo y nieto que no renunciará a los crímenes y beneficios de sus ancestros. Pero ya quedan ¿pocos? No lo sé. Vi aún muchas esquelas. Y pocos escrúpulos en este gobierno en la ley de la memoria histórica.
El último en contarme que la guerra no sirvió para nada fue el director de esta residencia. Familia en los dos bandos. Dolor doble, como en tantos casos. Sufrimiento inútil, tantas veces. Religión, ideología, política, economía: lo que se quiso vender. Envidia, mezquindez, bajeza humana: lo que fue en la mayor parte de los casos. La selva. El lobo hombre para el lobo humano de Hobbes.
La guerra sigue. En cada fosa sin levantar, en cada calle con nombre de vencedor y no de vencido, en cada hijo y nieto que no renunciará a los crímenes y beneficios de sus ancestros. Pero ya quedan ¿pocos? No lo sé. Vi aún muchas esquelas. Y pocos escrúpulos en este gobierno en la ley de la memoria histórica.
Engullidos por la moda y el capitalismo
Vicente Verdú suele sorprendernos desde El País con sus análisis sociológicos de las últimas tendencias en los más diversos asuntos. El 7/9/06 dedicó su columna a una marca de ropa que tras más de un siglo de existencia consiguió ser reflotada con una propuesta, no original, pero sí curiosa. El aspecto que consigues con sus prendas recuerda al de los mendigos, quizás con síndrome de Diógenes, para llenar sus múltiples bolsillos, o al de accidentados, por sus roturas estratégicas.
La idea no es original, el mismo Verdú nos lo recuerda, al hablar de la ropa que imitó la vestimenta de los presos, la de los obreros –Mao fue un pionero-, la de los estibadores –rusos, por más señas- o el movimiento grunge, que algunas compañeras mías de facultad creían se debía aderezar con poca frecuencia de ducha. Llama la atención Verdú sobre la inversión de determinadas marcas en máquinas especiales para desgastar su ropa.
“La belleza procede no de la armonía sino de la negligencia (sic); más del efecto accidental que del quehacer de la mente”. Y también: “La pobreza, la tragedia, la injusticia, la marginación han pasado de ser causa directa de rebelión a ocupar funciones de producción”. Mas Verdú es optimismo puro: “El siglo XXI y el comienzo de una nueva marca de humanidad”.
Si la revolución –rebelión de Verdú- no la hacen las palabras, sino los que comen poco y mal toda la vida: ¿qué ropa pondremos? ¿servirá de algo el “casual luxury” o los nuevos revolucionarios nos tacharán de decadentes como hizo Hitler con tantos artistas o la Iglesia católica con tantos escritores?
La idea no es original, el mismo Verdú nos lo recuerda, al hablar de la ropa que imitó la vestimenta de los presos, la de los obreros –Mao fue un pionero-, la de los estibadores –rusos, por más señas- o el movimiento grunge, que algunas compañeras mías de facultad creían se debía aderezar con poca frecuencia de ducha. Llama la atención Verdú sobre la inversión de determinadas marcas en máquinas especiales para desgastar su ropa.
“La belleza procede no de la armonía sino de la negligencia (sic); más del efecto accidental que del quehacer de la mente”. Y también: “La pobreza, la tragedia, la injusticia, la marginación han pasado de ser causa directa de rebelión a ocupar funciones de producción”. Mas Verdú es optimismo puro: “El siglo XXI y el comienzo de una nueva marca de humanidad”.
Si la revolución –rebelión de Verdú- no la hacen las palabras, sino los que comen poco y mal toda la vida: ¿qué ropa pondremos? ¿servirá de algo el “casual luxury” o los nuevos revolucionarios nos tacharán de decadentes como hizo Hitler con tantos artistas o la Iglesia católica con tantos escritores?
Encadenados de moda
Hacía por lo menos diez años que no me preocupaba tanto por la moda, los modelos, la ropa, el calzado… Pero mi actual preocupación es distinta. Más que la ropa en sí, me interesa su mensaje, lo que transmitimos al llevarla, o no llevarla. No es casualidad que en estos diez años haya descubierto el naturismo y sea más escéptico que nunca con los “textiles”, en especial con los togados y los encorbatados.
Este post viene al hilo de las camisetas con mensaje. Convivo con tres –antes eran cuatro- usuarios de estas prendas. Pero usuarios comprometidos: cada viernes lucen los mismos colores y el mismo mensaje. Son exigencias de derechos que un estado que se dice de Derecho les niega.
Gorka Andraka cuenta en “Sales y soles” que a un arquitecto iraquí que iba a coger un avión en el JFK de USA le pidieron que se cambiara de camiseta. Lo cuenta el hombre en su blog, para quien sepa inglés http://raedinthemiddle.blogspot.com. En su camiseta ponía, en árabe e inglés, esto: “No seremos silenciados”. Casi el lema de esta bitácora.
Gorka presume de camisetas reivindicativas coladas en su armario. Tienen una preciosa (azul Bilbao) contra los bancos y sus vertiginosas ganancias: “Prohibido acumular. Hoy sin bancos, mañana sin dinero”.
Lo malo de los naturistas es que tendríamos que acudir a los tatuajes de henna: “Prohibido aparentar. Hoy sin ropa, mañana sin amos”. No me queda muy anarquista. Casi tanto como el “sin dios, ni patria, ni bandera”. Y tengo un suegro “Todo por la patria”. Con un verde poco ecologista. Me tentaré la ropa.
Este post viene al hilo de las camisetas con mensaje. Convivo con tres –antes eran cuatro- usuarios de estas prendas. Pero usuarios comprometidos: cada viernes lucen los mismos colores y el mismo mensaje. Son exigencias de derechos que un estado que se dice de Derecho les niega.
Gorka Andraka cuenta en “Sales y soles” que a un arquitecto iraquí que iba a coger un avión en el JFK de USA le pidieron que se cambiara de camiseta. Lo cuenta el hombre en su blog, para quien sepa inglés http://raedinthemiddle.blogspot.com. En su camiseta ponía, en árabe e inglés, esto: “No seremos silenciados”. Casi el lema de esta bitácora.
Gorka presume de camisetas reivindicativas coladas en su armario. Tienen una preciosa (azul Bilbao) contra los bancos y sus vertiginosas ganancias: “Prohibido acumular. Hoy sin bancos, mañana sin dinero”.
Lo malo de los naturistas es que tendríamos que acudir a los tatuajes de henna: “Prohibido aparentar. Hoy sin ropa, mañana sin amos”. No me queda muy anarquista. Casi tanto como el “sin dios, ni patria, ni bandera”. Y tengo un suegro “Todo por la patria”. Con un verde poco ecologista. Me tentaré la ropa.
Los que nos ayudan a vivir
Conocí a un pinto que, como Modigliani, cobraba sus cuadros en alcohol y tabaco. Algún día les mostraré alguna obra suya.
Traté con un zapatero que lo mismo te hablaba de la picana argentina que del último grito en trajes para perros. Falleció. Las malas lenguas dicen que hablaba mucho y trabajaba poco. Hace falta ser muy mezquino para meterse de ese modo en la vida de un autónomo. A mí me alegraba la vida: ¿de qué vale trabajar tanto en esta sociedad que no escucha?
De alguien que me alegró mucho la vida, Calvino, el escritor, me entero de su dureza como editor. Es más, no sabía ni que era editor. Ese oficio es duro: te acabas convirtiendo en un pequeño dictador, un juez literario, un dios implacable de las letras que te llegan. Con los dictadores, jueces y dioses suele ocurrir que su visión de futuro es más pequeña que su pasado. Son un lastre en sí mismos.
Pintores, escritores, zapateros, paseadores de perros: gente que nos ayuda a hacer la vida más llevadera, que engrasa este correoso devenir que, al que más y al que menos, nos cuesta sobrellevar.
Traté con un zapatero que lo mismo te hablaba de la picana argentina que del último grito en trajes para perros. Falleció. Las malas lenguas dicen que hablaba mucho y trabajaba poco. Hace falta ser muy mezquino para meterse de ese modo en la vida de un autónomo. A mí me alegraba la vida: ¿de qué vale trabajar tanto en esta sociedad que no escucha?
De alguien que me alegró mucho la vida, Calvino, el escritor, me entero de su dureza como editor. Es más, no sabía ni que era editor. Ese oficio es duro: te acabas convirtiendo en un pequeño dictador, un juez literario, un dios implacable de las letras que te llegan. Con los dictadores, jueces y dioses suele ocurrir que su visión de futuro es más pequeña que su pasado. Son un lastre en sí mismos.
Pintores, escritores, zapateros, paseadores de perros: gente que nos ayuda a hacer la vida más llevadera, que engrasa este correoso devenir que, al que más y al que menos, nos cuesta sobrellevar.
Nunca me he ido
La primera quincena de septiembre siempre es época de reencuentros. Con viejos corresponsales, con veraneantes retornados, con gente a la que ya no esperabas.
He hecho recuento y están casi todos. Me falta la chica de los huracanes, desde Miami, y quizás el benjamín de la familia, aunque Jorge siempre es impredecible. Tras su cólico, supongo que estará bien. Sigue la máxima periodística: No news, good news.
Recuperé contacto telefónico con la dama de los cuentos; he vuelto a saber del asturiano, del lituano, del sudafricano. Apenas he tenido bajas: la trinchera sigue abierta. El refugio no cierra por vacaciones. Y yo nunca me he ido, aunque alguna ausencia me desasosiegue.
He hecho recuento y están casi todos. Me falta la chica de los huracanes, desde Miami, y quizás el benjamín de la familia, aunque Jorge siempre es impredecible. Tras su cólico, supongo que estará bien. Sigue la máxima periodística: No news, good news.
Recuperé contacto telefónico con la dama de los cuentos; he vuelto a saber del asturiano, del lituano, del sudafricano. Apenas he tenido bajas: la trinchera sigue abierta. El refugio no cierra por vacaciones. Y yo nunca me he ido, aunque alguna ausencia me desasosiegue.
El año del pensamiento mágico
Es el título de una obra de Joan Didion que tengo que leer. “Fue un libro inevitable, no estaba en mi mano no escribirlo”, dice la autora. Fue su madero de salvación tras la muerte de su marido y de una hija. Siempre busco esos restos de naufragio: los que estamos a la deriva los apreciamos mucho. Dice Joan que la novela y el ensayo son como la noche y el día. Para ella, el ensayo es racional, la novela es “algo muy parecido a soñar”. quizás por eso racionalizar nunca estará bien visto: nos gusta más imaginar lo que podría ser, lo que podríamos haber sido si no fuéramos como somos. La realidad nos disgusta. Y si está escrita, nos repele. A veces creo que nunca debiera haber hecho ensayo. Ni dar pistas sobre lo que pienso. Hasta ahora, todo lo escrito lo han usado de una forma o de otra contra mí. Lo que no me convierte en víctima, sino en todo lo contrario. Nietzche decía que cuanto más nos elevamos, tanto más pequeños pareceremos a quienes son incapaces de volar. Nunca entendí tanto optimismo, aunque se lo respeto.
Citas fragmentadas y mal atribuidas
A veces anoto ideas, pensamientos, y por distracción –quiero creer eso- me olvido de anotar el autor, la revista o el lugar donde lo he leído u oído. ¿Les suena un tal Terricabras? Dice: “El poder, que ya tiene la fuerza, también querría tener razón; por eso se rodea siempre de razonadores que se lo enrazonen todo un poco”. Terricabras es filósofo y tiene su blog aquí.
No sé si es de él esto: “Trata siempre a un ministro como a un imbécil: no tiene tiempo para pensar”. Cuando oigo a López Aguilar, Caldera o Cristina Narbona me acuerdo de esta cita.
Y esta, para acabar, no sé quien lo escribió: “Quien corrompe a un juez o a un auditorio con su lenguaje comete un crimen mayor que el soborno, pues nadie puede corromper a un hombre prudente con dinero, mientras sí puede hacerlo por el discurso”. Así nos va.
No sé si es de él esto: “Trata siempre a un ministro como a un imbécil: no tiene tiempo para pensar”. Cuando oigo a López Aguilar, Caldera o Cristina Narbona me acuerdo de esta cita.
Y esta, para acabar, no sé quien lo escribió: “Quien corrompe a un juez o a un auditorio con su lenguaje comete un crimen mayor que el soborno, pues nadie puede corromper a un hombre prudente con dinero, mientras sí puede hacerlo por el discurso”. Así nos va.
Los diarios de las dos Españas artificiales
En El País, esquelas de asesinados hace 70 años por los falangistas. En El Mundo, esquelas de muertos por “las hordas rojas”. Es impresionante el negocio que está generando la memoria histórica, el revanchismo y el revisionismo.
Rafael Argullol juzga en El País al escultor de Hitler, Arno Breker. Como si juzgáramos a Alejandro VI, el papa Borgia, por darle título de “Católicos” a unos reyes genocidas que tuvimos por aquí y que unieron esas Españas que aún se pelean con esquelas a diario en los diarios. Argullol no habla de los artistas de agosto en Hiroshima, ni de los artesanos que levantaron el Valle de los Caídos. Quizás se atreva con Ramsés, que se portó un poco mal con los constructores de su pirámide. Es para llorar sin soltar lágrima el final de su opúsculo: “Hay que enseñar a Arno Breker como lo que es: un buen escultor, el cómplice de un crimen, un traidor al arte”. Amén. Y que cuelguen, de paso, a Lewis Carroll.
Rafael Argullol juzga en El País al escultor de Hitler, Arno Breker. Como si juzgáramos a Alejandro VI, el papa Borgia, por darle título de “Católicos” a unos reyes genocidas que tuvimos por aquí y que unieron esas Españas que aún se pelean con esquelas a diario en los diarios. Argullol no habla de los artistas de agosto en Hiroshima, ni de los artesanos que levantaron el Valle de los Caídos. Quizás se atreva con Ramsés, que se portó un poco mal con los constructores de su pirámide. Es para llorar sin soltar lágrima el final de su opúsculo: “Hay que enseñar a Arno Breker como lo que es: un buen escultor, el cómplice de un crimen, un traidor al arte”. Amén. Y que cuelguen, de paso, a Lewis Carroll.
As "dúas en punto"
Chamábanse Coralia e Maruxa. Tamén as coñecían como “As Marías”. Había tres, pero Sarita finou cedo. Eran 13 irmáns, fillas dun zapateiro e unha costureira. De Santiago, do barrio da Algalia. Eu tiven ocasión de velas de pequeño. Miña tía-avoa decíame: “aí van esas toliñas”.
Agora teñen unha estatua na entrada do paseo da Alameda. Teñeno que repintar cada pouco, pois son manoseadas polos turistas, curiosos e miles de fotógrafos.
Eran do bando dos vencidos. A alta sociedade compostelá rexeitounas por ser familia de sindicalistas roxos. Pero unha rede asistencial clandestina protexeunas. Deixábanlles comida e roupa na perfumería Labarta e na frutería Las Delicias, e no Preguntoiro. Non creo que miña tía-avoa as axudase. Ela tiña ás súas pobres particulares: Milagros, Rafaela. A Milagros a das pombas, voulle levantar un monumento literario cando teña un pouco de tempo.
“As dúas en punto” daban o seu paseo a esa hora. Pola súa maquillaxe, polos seus vestidos cheos de cor, os estudiantes increpábanas. Eran as “frikies” dos anos 70. destacaban coa súa luminosidade nun Santiago gris, a Compostela do coengos e as leiteiras da fonte dos cabalos. Na mesma Alameda, uns metros máis adiante, a figura de Valle-Inclán demostra que Galicia pendula entre o esperpento e a morriña saudosa. Non escollo ningún dos dous mundos. Compétanme os dous.
Agora teñen unha estatua na entrada do paseo da Alameda. Teñeno que repintar cada pouco, pois son manoseadas polos turistas, curiosos e miles de fotógrafos.
Eran do bando dos vencidos. A alta sociedade compostelá rexeitounas por ser familia de sindicalistas roxos. Pero unha rede asistencial clandestina protexeunas. Deixábanlles comida e roupa na perfumería Labarta e na frutería Las Delicias, e no Preguntoiro. Non creo que miña tía-avoa as axudase. Ela tiña ás súas pobres particulares: Milagros, Rafaela. A Milagros a das pombas, voulle levantar un monumento literario cando teña un pouco de tempo.
“As dúas en punto” daban o seu paseo a esa hora. Pola súa maquillaxe, polos seus vestidos cheos de cor, os estudiantes increpábanas. Eran as “frikies” dos anos 70. destacaban coa súa luminosidade nun Santiago gris, a Compostela do coengos e as leiteiras da fonte dos cabalos. Na mesma Alameda, uns metros máis adiante, a figura de Valle-Inclán demostra que Galicia pendula entre o esperpento e a morriña saudosa. Non escollo ningún dos dous mundos. Compétanme os dous.
El cortesano y su fantasma
Título de un libro raro por definición. Lo publicó Rubert de Ventós en 1989, con notas de su experiencia como diputado en Madrid. El apéndice es quizás lo más interesante para quien no sufre con los avatares de los políticos pero se molesta por la creación literaria.
Ventós tomaba por aquella época Rohipnol para dormir. Me hace gracia, pues luego he conocido a gente que se hacía tortillas con esas pastillas. Con efectos muy contundentes.
Otra anécdota del libro es el bulo extendido sobre la muralla china: ¡no se ve desde la luna, señor Ventós!
A mí Ventós me interesa por asuntos privados. Que mi nobleza impide enumerar aquí. Esto puede ser una columna de lamentaciones, pero no es un frontón de cotilleos. Por muy mal que me caiga la nueva Rosalía gallega, según el alucinado Caneiro.
Ventós tomaba por aquella época Rohipnol para dormir. Me hace gracia, pues luego he conocido a gente que se hacía tortillas con esas pastillas. Con efectos muy contundentes.
Otra anécdota del libro es el bulo extendido sobre la muralla china: ¡no se ve desde la luna, señor Ventós!
A mí Ventós me interesa por asuntos privados. Que mi nobleza impide enumerar aquí. Esto puede ser una columna de lamentaciones, pero no es un frontón de cotilleos. Por muy mal que me caiga la nueva Rosalía gallega, según el alucinado Caneiro.
Estróbilo
“Porque el esclavo que quiere que su amo esté contento de su servicio, primero debe pensar en su amo y, en último lugar, en él mismo”. Lo dice Estróbilo, esclavo de Licónides, en una comedia de Plauto. Siglo III antes de Cristo.
En “Vigilar y castigar”, Foucault explica que la disciplina es un procedimiento para conocer, dominar y utilizar. Cuenta que el principio de no ociosidad rige porque no se puede perder “un tiempo contado por Dios y pagado por los hombres”. Lo que dice el esclavo Estróbilo es “ama a Dios sobre todas las cosas” y lo que explican los capitalitas de hoy y de siempre es “no tomes el dinero en vano”. El francés hace alusión a los “Cuadernos de quejas”. Si lo leyera un intelectual, también diría que los blogs son cuadernos de quejas. Al menos, este. Un lugar para esas “almas altivas e independientes que no incurren en la cobardía de callar los males de su patria”.
Estróbilo, personaje de Plauto, es tan actual como el Jesucristo en Guantánamo que escandaliza en Londres; como Boy George barriendo las calles en Nueva York, tal cual se hacía hace dos siglos; tan irreverente como Madonna crucificada o Rushdie con sus “Versos satánicos”, que prometo leer algún día. Algún maldito día maldito.
En “Vigilar y castigar”, Foucault explica que la disciplina es un procedimiento para conocer, dominar y utilizar. Cuenta que el principio de no ociosidad rige porque no se puede perder “un tiempo contado por Dios y pagado por los hombres”. Lo que dice el esclavo Estróbilo es “ama a Dios sobre todas las cosas” y lo que explican los capitalitas de hoy y de siempre es “no tomes el dinero en vano”. El francés hace alusión a los “Cuadernos de quejas”. Si lo leyera un intelectual, también diría que los blogs son cuadernos de quejas. Al menos, este. Un lugar para esas “almas altivas e independientes que no incurren en la cobardía de callar los males de su patria”.
Estróbilo, personaje de Plauto, es tan actual como el Jesucristo en Guantánamo que escandaliza en Londres; como Boy George barriendo las calles en Nueva York, tal cual se hacía hace dos siglos; tan irreverente como Madonna crucificada o Rushdie con sus “Versos satánicos”, que prometo leer algún día. Algún maldito día maldito.
Resentidos
Fueron los protagonistas de la movida gallega de los 80. pero no me refiero aquí a ellos, sino a ese club que formamos tantos que escribimos bitácoras. O libros. Incluso, a veces, prospectos de champú. Porque los resentidos somos ubicuos.
Opiniones de allegados, no generalmente fieles lectores, indican que rezumo resentimiento. Que destilo rencor. Que me repito. Que siempre le doy a los mismo. Mea culpa.
Me arriesgo a reiterarme, algo inevitable en mis condiciones pues yo no tengo historial de mi bitácora, no guardo copias en mi poder. Y quizás sea mejor. Así, cuando vea el conjunto, sabré qué me dolía, dónde sangraba, por qué cojeaba. Que no es poco. Pues escribo para mí. Sin cortapisas. Sin cortafuegos. Sin guardabarreras. Este blog es un panóptico de mí mismo. Bueno, no, seré menos ambicioso: un ojo de buey de una parte de mí.
A los que dicen que me lamento: ¿acaso no chilla el maniatado al potro de tortura? A los que me llaman quejica: ¿quizás puede hablar de la felicidad un condenado?
Intento evadirme con literatura, de toda casta. Para no hablar del que me pregunta el mejor método de suicidio. Para no contar del que casi se va hoy por sobredosis. Por no pensar en el apuñalado y muerto que a su vez asesinó al Mataviejas en Topas. Para no comentar que servidores del Estado cumplen apenas 2 de 7 años y yo llevo más de 2 de 3.
Ruego a los pusilánimes que se molestan con mis quejas que sean respetuosos en los comentarios, si los hacen, y rápidamente me dejen de lado. Hay mucha épica de pastel por leer como para pastar por estos pagos. No derramaré ni una lágrima por vosotros. Y perdonad las molestias, en especial los que os escandalizáis por mis bofetadas de realidad. Los resentidos somos impíos, egoístas y paranoicos. A veces, hasta periodistas.
Opiniones de allegados, no generalmente fieles lectores, indican que rezumo resentimiento. Que destilo rencor. Que me repito. Que siempre le doy a los mismo. Mea culpa.
Me arriesgo a reiterarme, algo inevitable en mis condiciones pues yo no tengo historial de mi bitácora, no guardo copias en mi poder. Y quizás sea mejor. Así, cuando vea el conjunto, sabré qué me dolía, dónde sangraba, por qué cojeaba. Que no es poco. Pues escribo para mí. Sin cortapisas. Sin cortafuegos. Sin guardabarreras. Este blog es un panóptico de mí mismo. Bueno, no, seré menos ambicioso: un ojo de buey de una parte de mí.
A los que dicen que me lamento: ¿acaso no chilla el maniatado al potro de tortura? A los que me llaman quejica: ¿quizás puede hablar de la felicidad un condenado?
Intento evadirme con literatura, de toda casta. Para no hablar del que me pregunta el mejor método de suicidio. Para no contar del que casi se va hoy por sobredosis. Por no pensar en el apuñalado y muerto que a su vez asesinó al Mataviejas en Topas. Para no comentar que servidores del Estado cumplen apenas 2 de 7 años y yo llevo más de 2 de 3.
Ruego a los pusilánimes que se molestan con mis quejas que sean respetuosos en los comentarios, si los hacen, y rápidamente me dejen de lado. Hay mucha épica de pastel por leer como para pastar por estos pagos. No derramaré ni una lágrima por vosotros. Y perdonad las molestias, en especial los que os escandalizáis por mis bofetadas de realidad. Los resentidos somos impíos, egoístas y paranoicos. A veces, hasta periodistas.
Ideas sin desarrollo
Me descentran algunos libros, lo confieso. Hasta los que no leo pero desearía, tan sólo por el título. Daría algo por leer a Evemero, el filósofo griego de Agrigento, para saber dónde está la tumba de Júpiter. Juraría que Lovecraft lo intuyó: los dioses existieron. Tanto los griegos como los el LSD, los arquetípicos.
Querría leer a Nevio, el latino. Dicen que era de carácter agitado, amante de la libertad y democrático. Que lanzaba sin miedo ataques personales, incluso contra grandes personajes. Estrenó su primera obra en 235 a.c. ¡Oh tempora, oh mores!.
Quisiera componer una obra gastronómica, como Ennio. Mi ex jefe en Europa Press, Miguel, me lo sugirió. Una revista gastronómica patrocinada por la Xunta. El pelotazo de tanto correveidiles y palafreneros de todos los gobiernos, presentes y pretéritos. Antón Losada, ¡qué gran vasallo!.
También quisiera no escribir nada. Dirigir un complejo turístico en el tercer mundo (aquí mismo, oigan), poner unos ladrillos y cerrar un zulo con montones de billetes de 500 euros. O conducir un camión, llevar una hormigonera, picar piedra en una cantera, alicatarte el baño, mi vida, contigo dentro.
Querría leer a Nevio, el latino. Dicen que era de carácter agitado, amante de la libertad y democrático. Que lanzaba sin miedo ataques personales, incluso contra grandes personajes. Estrenó su primera obra en 235 a.c. ¡Oh tempora, oh mores!.
Quisiera componer una obra gastronómica, como Ennio. Mi ex jefe en Europa Press, Miguel, me lo sugirió. Una revista gastronómica patrocinada por la Xunta. El pelotazo de tanto correveidiles y palafreneros de todos los gobiernos, presentes y pretéritos. Antón Losada, ¡qué gran vasallo!.
También quisiera no escribir nada. Dirigir un complejo turístico en el tercer mundo (aquí mismo, oigan), poner unos ladrillos y cerrar un zulo con montones de billetes de 500 euros. O conducir un camión, llevar una hormigonera, picar piedra en una cantera, alicatarte el baño, mi vida, contigo dentro.
¿Por qué no dejarán pasar flores en la cárcel?
Dedicado a todos los que me han visitado… Gracias.
Cuando alguien se estrena como familiar de preso político inicia un largo aprendizaje. Un aprendizaje, envuelto en brumas de dolor, de incertidumbre, de enorme cansancio. Es además un aprendizaje que se inicia en un momento dado pero que nunca termina. Al familiar inexperto se le nota enseguida; nervioso junto a la ventanilla, entrega la bolsa con objetos que con toda seguridad serán retenidos en el control inmisericorde del funcionario. Las tijeras de punta redondeada que intentamos pasar en la primera visita, para que nuestro familiar preso pudiera hacer figuras con papeles, daban la medida de nuestra inexperiencia.
Luego fueron los hilos de colores para hacer pulseras, los retales de cuero para confeccionar carteras, la depiladora, los CDs, la… y tantas y tantas cosas. Al cabo de algún tiempo comienzas a sospechar que es imposible descubrir el criterio carcelario para aceptar o rechazar los objetos que se pretende hacer llegar al familiar preso. Si te animas a preguntar, casi siempre la respuesta será “por seguridad”. Y así vas descubriendo que una foto de las fiestas del pueblo contiene cuatro mortíferos filos, que un pañuelico de Sanfemín multiplicado por cien puede facilitar la ascensión por los muros, que una crema protectora bien aplicada permite sumirte por el desagüe, y así…
Ha acabado la visita. Decía al comienzo que el aprendizaje como familiar de preso nunca termina. El funcionario/carcelero, al entregarme la bolsa, me pregunta “¿Por qué quería pasar esta rosa a su hija?”. Me ahorro la réplica. Está claro; es por seguridad.
Cuando alguien se estrena como familiar de preso político inicia un largo aprendizaje. Un aprendizaje, envuelto en brumas de dolor, de incertidumbre, de enorme cansancio. Es además un aprendizaje que se inicia en un momento dado pero que nunca termina. Al familiar inexperto se le nota enseguida; nervioso junto a la ventanilla, entrega la bolsa con objetos que con toda seguridad serán retenidos en el control inmisericorde del funcionario. Las tijeras de punta redondeada que intentamos pasar en la primera visita, para que nuestro familiar preso pudiera hacer figuras con papeles, daban la medida de nuestra inexperiencia.
Luego fueron los hilos de colores para hacer pulseras, los retales de cuero para confeccionar carteras, la depiladora, los CDs, la… y tantas y tantas cosas. Al cabo de algún tiempo comienzas a sospechar que es imposible descubrir el criterio carcelario para aceptar o rechazar los objetos que se pretende hacer llegar al familiar preso. Si te animas a preguntar, casi siempre la respuesta será “por seguridad”. Y así vas descubriendo que una foto de las fiestas del pueblo contiene cuatro mortíferos filos, que un pañuelico de Sanfemín multiplicado por cien puede facilitar la ascensión por los muros, que una crema protectora bien aplicada permite sumirte por el desagüe, y así…
Ha acabado la visita. Decía al comienzo que el aprendizaje como familiar de preso nunca termina. El funcionario/carcelero, al entregarme la bolsa, me pregunta “¿Por qué quería pasar esta rosa a su hija?”. Me ahorro la réplica. Está claro; es por seguridad.
(Fragmento extraido del Diario Gara)
El ser y la escritura
Fernando Arrabal: “Mi droga para atravesar montañas a lo santo y tan ricamente: escribir”.
Toni Morrison, en “Beloved”, obra obligada en ciertas escuelas americanas: “Un hombre es sólo un hombre, pero un hijo ya es alguien”.
Mario Benedetti, en su cuento “Requiem con tostadas”: “Nunca lo pude odiar, ¿me entiende? Será porque, pese a lo que hizo, sigue siendo mi padre”.
Spinoza: “No me arrepiento de nada. El que se arrepiente de lo que ha hecho es doblemente miserable”.
Herbert Spencer, en “El individuo contra el Estado”: “Los socialistas, y con ellos los llamados liberales que les preparan diligentemente el camino, se imaginan que los defectos humanos pueden ser corregidos a fuerza de habilidad por buenas instituciones. Es una ilusión”.
Sandor Marai, en “El último encuentro”: “La gente acaba aprendiendo la verdad, adquiere experiencias, pero todo ello no sirve de nada, puesto que nadie puede cambiar de carácter”.
Esos son mis huesos por hoy. Mordisquéenlos.
Toni Morrison, en “Beloved”, obra obligada en ciertas escuelas americanas: “Un hombre es sólo un hombre, pero un hijo ya es alguien”.
Mario Benedetti, en su cuento “Requiem con tostadas”: “Nunca lo pude odiar, ¿me entiende? Será porque, pese a lo que hizo, sigue siendo mi padre”.
Spinoza: “No me arrepiento de nada. El que se arrepiente de lo que ha hecho es doblemente miserable”.
Herbert Spencer, en “El individuo contra el Estado”: “Los socialistas, y con ellos los llamados liberales que les preparan diligentemente el camino, se imaginan que los defectos humanos pueden ser corregidos a fuerza de habilidad por buenas instituciones. Es una ilusión”.
Sandor Marai, en “El último encuentro”: “La gente acaba aprendiendo la verdad, adquiere experiencias, pero todo ello no sirve de nada, puesto que nadie puede cambiar de carácter”.
Esos son mis huesos por hoy. Mordisquéenlos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)