"(...) Después de ver durante ese tiempo con él (Descartes) cómo circulaban las ideas sagradas de los hombres más inteligentes de Europa, me había dado cuenta de que no todo eran luces en casa del sabio; al contrario, todos tenían el magín bien lleno de territorios oscuros. Cuando era niña mi madre me había contado que en su tierra de montañas, distinta de aquella en la que yo crecía, se conseguía que los críos no se perdiesen por los montes temperándoles las ganas de volar con cuentos horripilantes sobre la cueva de la vieja, la cueva pequeña, o el hombre del monte que se lleva a los niños en un saco. Siempre me había llamado la atención la seguridad con que se suponía que cualquier niño evitaría un lugar oscuro. Pues la misma actitud amedrentada vi en los sabios de aquellos días: cuando algún supuesto hacía bambolear su saber, inventaban una cueva oscura y decidían nunca más darse un paseo por allí".
"(...) Cierto que no era yo ni vieja, ni fea, ni malhechora, pero por eso mismo aprovechaba que estaba libre de las sospechas de los tribunales para aprender de todas las fuentes que podía, que no te debo revelar ahora, las artes que los hombres sabios, como mi amigo (Descartes), despreciaban. No, no tengas miedo. Los hombres no pueden dominar la naturaleza, por eso no hay modo de provocar pestes, ni inundaciones, ni malas cosechas. Eso es invento de jesuitas y dominicos, ¡malditos sean!, que si invirtiesen en trabajar para los demás lo que gastan en saliva iban a acabar con los males del mundo. Si no los quemaron aún a ellos es porque las gentes, sobre todo en las aldeas apartadas, olvidadas de los dioses y de los hombres, quieren culpables de sus desgracias y para eso vienen muy bien las brujas. Yo sabía que en 1595 una orden de Felipe II para los Países Bajos mencionaba a las mujeres viejas como particularmente sospechosas de los crímenes de brujería. Y avisos semejantes circulaban entre las autoridades previniendo contra las mujeres feas o las viudas, especialmente contra las que supiesen leer. ¡Qué sandez! Ni las feas eran peligrosas por lectoras, ni había mujer que se salvase de la quema en caso de haberse hecho enemigos reconocidos".
Diálogos de Helene Jans en "Hierba mora", de Teresa Moure
