"Había una Grub Street en todas las grandes ciudades europeas, formada por escritorzuelos sin talento e inventores a sueldo de rumores y calumnias, por poetas amargados y oscuros revolucionarios, todos los cuales eran espiados o espiaban a otros o para otros por cuenta de la policía o de algún patrón rico. Los jóvenes que entraban a formar parte de este mundo sólo podían confiar en encontrar un benefactor, porque era casi imposible vivir sólo de su pluma. Los manuscritos se vendían a un precio fijo, habitualmente una miseria, y todo el producto de las ventas iba a parar al editor. El autor sólo podía esperar conseguir entreé en un salón de moda o en una gran casa a base de dedicatorias lisonjeras y de algunos ejemplares repartidos humildemente a posibles mecenas. En la medida en que formaba parte de esa zona crepuscular de Grub Street, el escritor era una persona que estaba de más, por lo cual no contaba con protección frente a la policía o la pobreza; sólo el mecenazgo podía aportarle alguna medida de seguridad, tal vez una renta, la posibilidad de una pensión del Estado y el mayor de todos los premios: la fama".
Las citas no las he puesto al azar, como casi siempre. ¿Les suena todo esto con el nuevo panorama abierto en Internet? Blom habla en su delicioso ensayo sobre el germen de la Enciclopedia francesa. Alguien está y estará escribiendo ya sobre la Wikipedia, WikiLeaks, las guerras de propiedad intelectual en Internet y las ratas y los pájaros que acechan en estas nuevas ciudades virtuales de madera. Ese alguien es legión. Anonymous. Como anónimos fueron los grandes constructores de catedrales, la legión de copistas que nos transmitió la antigua sabiduría griega que le permitió a Hipócrates ser autoridad médica irrebatible hasta el siglo XVIII -ahí es nada-. Anónimas las miles de hechiceras a quienes no hizo famosas la Inquisición. Anónimos tantos músicos gigantes sobre los que caminan ahora tantos enanos del mainstream que ni saben escribir ni cantar.
Como en el 68, cuando ya teníamos todas las respuestas nos han vuelto a cambiar las preguntas. O quizás no: "todo el producto de las ventas iba para el editor". Ha llegado una tecnología que elimina esa figura. Pero no se quieren dar cuenta los que están instalados. Y están esperando, como José o de Simón, a que pase el tiempo. José se lo puede permitir, con su ritmo de vida en A Cuncheira. Los tiburones del capital saben que no, pero no parecen estar dispuestos a dar el brazo a torcer mientras los políticos les saquen las castañas del fuego.
La cultura no se muere, muy al contrario: se extinguen los dinosaurios de la industria cultural, que creen, fanáticamente, que sólo es cultura su producto. Y miren la definición de "fanatismo" en la Encyclopédie:
"FANATISMO. s.m. (Filosofía) es un fervor ciego y apasionado, brotado de la superstición, que causa acciones ridículas, injustas y crueles; no sólo sin vergüenza ni remordimiento, sino con una especie de gozo y satisfacción. El fanatismo, por consiguiente, es la supersticción en acción."













