(Apuntes sobre “Manual de sensualidad para jóvenes casaderos”. Jorge Rueda. Edición de Autor, México 2006)
Intentaré salvar los giros propios de México, aunque va a ser difícil, ya que el autor es de ese país, y expresarme en castellano común. Además, conviene que aclare a los lectores que Jorge Rueda es amigo, compartimos gustos comunes en ciertos títulos y autores y correspondencia –no nos conocemos en persona- desde hace ¡cuatro años! Cómo pasa el tiempo…
Durante toda la lectura de la obra (114 páginas) experimenté la misma sensación sobre el título: ¿por qué? Sólo conociendo la afición del autor por autores como Loüys o Apollinaire se puede explicar. Rueda le debe mucho de su título al glorioso y casi desconocido “Manual de urbanidad para jovencitas", que puede bajarse gratis para leer, por cierto, aquí. Pero si el español hablado en México no difiriera tanto del hablado en este país, al autor le habría salido una especie de título así: "Manual del cachondeo mexicano". Mientras aquí sólo tratamos en términos sexuales la palabra "cachonda", para referirse a una chica guapa y maciza, en México "cachondear" es ponerse caliente. Por contra, cachondearse de algo en España es burlarse. Lo del título alternativo que planteo no es algo banal: el autor usa la palabra cachondear y cachondeo con acepción sexual en dos de los capítulos. Pero la finura de "Manual de sensualidad para jóvenes casaderos" es, creo también, muy acertada para la opresiva -por la influencia católica- sociedad mexicana. Y mucho más discreto, por descontado, aunque luego la imagen que ilustra el título ruborice a algunas almas cándidas.
Ignoro cuántas horas -reales y mentales, que son muy distintas- le habrá llevado a Rueda pensar, guionizar y escribir "Manual de sensualidad..." pero hay en todo el texto un disfrute especial, un regocijo en lo que dice, una sabia combinación de pensamientos que todos hemos tenido en algunas de las acciones que describe y que no habríamos acertado a verbalizarlas de tal modo. Al autor se le ve muy ducho en la materia de la que habla, a tal punto de recordarme al clásico que predicaba que no se debe escribir nada hasta haberlo vivido o experimentado. El libro de Rueda es fruto de la experiencia, pero no sólo eso, es hijo de la recreación, complemento de tantas horas dedicadas a leer a grandes maestros de la erotolalia que él mismo sigue. El modo en que describe ciertos placeres de la carne, algunas humedades de los órganos -superiores e inferiores-, determinados movimientos e innumerables sensaciones sólo pueden salir de alguien que ha meditado abundantemente sobre ello. Como he leído hace poco en
Casciari: "
Los hombres —mayores o púberes, lo mismo da— tenemos una extraña virtud: sólo sabemos de qué modo actuar cuando ya ha pasado la ocasión propicia o cuando ésta aún no se ha presentado. En el momento preciso, justo allí, no podemos reaccionar; antes y después, lo tenemos más claro que el agua. Pero al menos lo sabemos, con tardanza o con clarividencia, pero lo sabemos; y eso es lo que importa.". Jorge Rueda lo tiene claro, y eso es lo que importa en este libro.
"A manera de introducción" explica los orígenes de la obra. El autor no encuentra personas de su sexo con las que mantener una conversación "de altura" sobre diversos puntos de vista de la sexualidad y decide recopilarlos en el libro. Como siempre, buscamos explicarnos a nosotros mismos. El libro es una autoexploración y, si por el sendero encuentra los puntos comunes de otra gente, la obra cumple su objetivo. A mí me encuentra, y estoy distante en el espacio, en la cultura y en el tiempo. Estoy hecho de los mismos fluidos que Jorge Rueda cuenta y describe.
"De dónde salgo" resume las primeras lecturas sobre sexo -aunque no tengan nada que ver con éste, pero al haber protagonistas femeninas o amores apasionados, la sensualidad rezuma- y las primeras experiencias. La primera novia, los primeros plagios que todos hemos hecho de algún poeta -Rueda fue con Neruda, yo estuve ahí con Salinas, "La voz a ti debida"-, las primeras ausencias de los padres y ese no saber a qué nos exponemos. Es una edad -la adolescencia primera- fundada en mitos, en falsedades, en miedos (al embarazo, por ejemplo) que Rueda identifica perfectamente. Ya la llegada a la universidad, tras el paso por Lovecraft y Poe hasta Apollinaire son palabras mayores. Muy pocos han transitado ese camino, seguido luego de Sade y Loüys. Pero a algunos no les hace falta. Por ejemplo, a Sands, el amigo que conoce en este capítulo.
En "Disfrutar" se habla de ser "gentil" con las damas. Lo que Rueda aclara: cómo darles placer. Desde una posición de par, de igual, algo bastante inusual si atendemos a los tópicos que nos llegan de la sociedad mexicana, muy parecida a la española en el franquismo, por cierto. Machista, retrógrada y violenta con lo que consideran el "sexo débil". Episodios como los de Ciudad Juárez no ayudan a limpiar esa imagen, por supuesto. Pero sigo: Rueda incita en este capítulo al disfrute masturbatorio -el libro "Las tres hijas de su madre", de Loüys le dio para mucho- como ejercicio para conocerse y luego hacer disfrutar a la pareja. Como disciplina para la ensoñación erótica que luego derivará en encuentros sexuales satisfactorios.
"Cercanía" o de la importancia de los preliminares. De sentir la piel del otro. De la necesidad de saber qué le gusta y dónde.
"La injusta separación" es un ajuste biográfico del autor. De una espina clavada. O dos. Luisa y el fracaso en Acapulco.
"Cachondear" lo considero el capítulo más logrado. Y cito, claro:
"Lo mío es la cachondería. Esa colección de caricias que empiezan con largos besos y extendidas caricias. Acariciando así logro convertir en territorio de la voluptuosidad desde las uñas de los dedos hasta la punta del último de los cabellos. Todo el cuerpo es un mapa sensible. Procurar la seducción, dejar que el deseo tome las riendas; me hace bailar, hablar cosas calientes, acariciar, mirar al otro de forma lasciva". (...) "Me gusta que cada uno de mis dedos dé un trato distinguido a los lugares en que se ocupan; busco la habilidad de los músicos para hacer que cada una de mis manos haga un movimiento distinto. Meto el pulgar derecho en su vagina, acaricio con el índice y el medio la hendidura de su monte hasta encontrar un punto preciso de ese espacio. Lo aprieto y troto con mis dedos sobre él. Presiono con intensidad el clítoris y apoyo mi palma de la mano sobre la mata de pelos. Hincado junto a ella la sostengo del sexo contra el oleaje de su orgasmo, mientras mi otra mano, la izquierda, escogida y anunciada, frota y se introduce aceitada en esa rosa de marquetería, sin otro aspaviento que su suave rigidez ante la marea impetuosa".
"Hablar" es un elogio de la erotolalia, algo que Rueda lleva practicando en su blog durante años.
"Cachondeo de segundo grado" refiere una llamada a una línea erótica como excusa para dar una serie de sugerencias sobre el acto sexual. Dejarse hacer, relajar el cuerpo, deleitarse en los sabores de las glándulas, la saliva como vehículo de ida y vuelta...
"Penetrar", con una primera parte muy descriptiva y una segunda dubitativa. Al tratar a las mujeres como iguales, el autor se pregunta si la penetración las conforta, si disfrutan con ella. Una charla con una amiga bisexual trae esto: "Lo que saqué en claro de aquella noche es que la erección podía no ser eterna para ayudar en la consecución de los orgasmos".
"Material de apoyo". Para cachondear. Películas, libros, chucherías de sexshop que al autor no le placen demasiado, pero que le excitan la curiosidad.
"La ternura necesaria". Un capítulo, para mí, desubicado. Un canto a la posibilidad de generación de las mujeres y sus síntomas mensuales. Un cierre que bien podría haberse distribuido en otros capítulos, donde cobraría mayor sentido. Pero un capítulo que agradecerán muchas lectoras, de eso estoy seguro.
Nota final: algunos de los capítulos tuve que leerlos boca abajo en la playa. Si no hubiera estado tan ocupado, determinadas secuencias son para leer con una sola mano, aunque quizás me pilla mayor para esos ejercicios que se disfrutaban más entre la culpa y el remordimiento del bachillerato.
Apostilla: Espero que el autor me lo dedique en un viaje a México. O de él a España, nunca se sabe.