Antonio Gala y Corín Tellado

Acuso recibo de "Vida y secretos de Antonio Gala", de Manuel Asensio Moreno. "A Antonio Gala le quitas el bastón y se queda en Corín Tellado", dijo Juan Marsé en Babelia, según puedo leer en una de las primeras páginas. Promete.

Viene acompañado -cada sobre con un objeto, ojo al dato- de "La Fiera Literaria" de mayo. ¡Cuánta eficacia en el Centro de Documentación de la Novela Española! Simplemente acuso recibo, pues esta semana ando un tanto ajetreado y medio griposo. En cuanto pueda, les cuento algo.

El dedo fuera de la llaga: espéranos en Jamaica


Leía de vez en cuando a Javier Ortiz. De hecho, una de mis suscripciones en Google Reader se me queda huérfana. Su última entrada no fue "Tres tristes tercios", sobre las elecciones europeas más pueblerinas. Su último post es su obituario. Sabía la que se le venía encima y lo dejó escrito. Un tipo previsor, un hombre admirable. Descanse en paz.


OBITUARIO

Javier Ortiz, columnista

"Falleció ayer de parada cardio-respiratoria el escritor y periodista Javier Ortiz. Es algo que él mismo, autor de estas líneas, sabía muy bien que sucedería, y que por eso pudo pronosticar, porque no hay nada más inevitable que morir de parada cardio-respiratoria. Si sigues respirando y el corazón te late, no te dan por muerto.

Así que en ésas estamos (bueno, él ya no).

Javier Ortiz fue el sexto hijo de una maestra de Irún, María Estévez Sáez, y de un gestor administrativo madrileño, José María Ortiz Crouselles. Sus abuelos fueron, respectivamente, un señor de Granada con aspecto de policía –lo que tal vez se justifique considerando el hecho de que era policía–, una señora muy agradable y culta con allure y apellido del Rosellón, un honrado y discreto carabinero orensano con habilidades de pendolista y una viuda de Haro casada en segundas nupcias con el recién mencionado, Javier Estévez Cartelle, del que se derivó el nombre de pila de nuestro recién difunto. Si algún interés tienen todos estos antecedentes, cosa que dista de estar clara, es el de demostrar que, en contra de lo que suele pretenderse, el cruce de razas no mejora el producto. (Obsérvese qué gran variedad de procedencias se puso en juego para acabar fabricando a un vasco calvo y bajito.)

La infancia de Javier Ortiz transcurrió en San Sebastián, ciudad que le venía muy a mano, porque nació allí. Se dedicó básicamente a mirar lo que había por sus cercanías, en particular el pecho de las señoras –ahora que ya está muerto podemos descubrir ese inocente secreto suyo–, y a estudiar cosas tan peregrinas como las ciudades costeras del Perú, de las que no logró olvidarse hasta su postrer respiro. Los jesuitas trataron de encauzarlo por el buen camino, pero él descubrió muy pronto que era comunista. Eso malogró del todo su carrera religiosa, ya de por sí poco prometedora, sobre todo desde que notó con desagrado el interés que algunos sacerdotes ponían en sus partes pudendas.

Su primer trabajo como escribidor, aparecido en una página del periódico del colegio, fue, curiosamente, una necrológica, con lo que cabría decir que su carrera como periodista ha resultado capicúa, singular circunstancia de la que muy pocos podrían presumir, aún en el improbable caso de que lo pretendieran.

A los 15 años, hastiado de las injusticias humanas –algunas de las cuales seguían teniendo como referencia obsesiva los pechos femeninos–, decidió hacerse marxista-leninista. Los años siguientes tuvo que emplearlos en averiguar qué era eso que acababa de hacerse, a lo que contribuyeron decisivamente algunos esforzados miembros de la Policía política franquista.

A partir de lo cual, se dedicó con gran entusiasmo a cultivar el noble género del panfleto. Sin parar. A diario. Año tras año. Fue cambiando de punto de residencia, no siempre por voluntad propia –ahí merecen especial mención sus estancias carcelarias y su exilio, primero en Burdeos, luego en París–, pero jamás varió su inquebrantable afán de agitador político, que él pretendía haber adquirido, por absurdo que parezca –y sea, de hecho–, en la lectura de Los documentos póstumos del Club Pickwick, de don Carlos Dickens, y de las Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Padarox, de don Pío Baroja.

Burdeos, París, Barcelona, Madrid, Bilbao, Aigües, Santander... Recorrió incontables sitios y holló innúmeros parajes sin parar de escribir, erre que erre. Zutik!, Servir al Pueblo, Saida, Liberación –y Mar, y Mediterranean Magazine– y El Mundo, y una docena de libros, y varias radios, y algunas televisiones... Por escribir, incluso escribió para otros y otras, ejerciendo de negro en momentos de particular penuria. También lo hizo a veces por amistad.

Movido por la lectura del Selecciones de Reader’s Digest y otras publicaciones estadounidenses tan aficionadas a ese género de operaciones, un día decidió calcular cuántos kilómetros cubrirían sus escritos, en el caso de colocarlos todos en una sola larguísima línea de cuerpo 12. El resultado de la estimación fue concluyente: ocuparían la tira.

En materia de amores (de la que sería injusto decir que careciera de alguna experiencia), también fue capicúa. Decía que las mejores mujeres, las más cariñosas y las más nobles con las que compartió sus días (sin desdeñar dogmáticamente a ninguna otra), le resultaron la primera y la última. Aunque la favorita le apareciera por medio: su hija Ane.

Y todo para acabar con algo tan vulgar como la muerte. Por parada cardio-respiratoria, como queda dicho. En fin, otro puesto de trabajo disponible. Algo es algo.

______

Javier Ortiz, escritor y columnista, nació en Donostia-San Sebastián el 24 de enero de 1948 y murió ayer en Aigües (Alicante), tras dejar escrito el presente obituario.

Y, entre otras muchas, esta declaración de principios:


Sueño con Jamaica

Sueño con Jamaica. Estoy sentado detrás de una mesa negra, rodeado de papeles, delante de una pared de la que cuelgan fotografías de desolación y soledad, entre proyectos de artículos y pilas de opinión que me reclaman. Y estoy volando hacia Jamaica.

La pantalla de fósforo verde me mira adusta. Me está pidiendo impaciente su ración cotidiana de formatos y de claves. Pero hoy –¿qué me pasa?– sólo veo en ella reflejos de espuma blanca sobre un mar de azul intenso. Un mar bajo el sol: bajo ese fiero sol de pasión que ilumina eternamente el puerto de Kingston, en Jamaica.

Sueño con Jamaica. Jamaica es una isla (no sé por qué os lo cuento, si ya lo sabéis); Jamaica es una isla primitiva, anárquica y bellísima, con casas de hojalata que desembocan en largas playas de arena fina y blanca. En Jamaica todo está por hacer, y uno puede vivir con la esperanza en la punta de los dedos, pensando que todo es aún posible y que el futuro existe. Y las gentes son sencillas, y sus sentimientos, espontáneos y directos, y hasta los asesinos son capaces de explicar lo que hacen sin recurrir a teorías sociológicas o sesudos estudios de mercado: matan –ya veis, qué cosas–, y matan porque odian y porque aman, y esos es todo, y nadie le da más vueltas.

En Jamaica, el tiempo no cuenta apenas nada. La gente es tranquila e impuntual, y muy pocos son los que admiten que les impongan una cita: ellos quedan y, al final, aparecen, pero no miran el reloj ni se preocupan por horarios.

Sueño con Jamaica, y en la Jamaica en la que yo sueño nadie se levanta la voz, y el ruido es sólo algarabía callejera, y los policías no dan miedo, aunque asusten un poco con los ruidosos piropos que lanzan a las muchachas que circulan en bicicleta y a las que el aire levanta sus faldas de mil colores.

Tal vez esa Jamaica en la que estoy soñando no exista. Tal vez esto que os estoy contando sea sólo el fruto de películas y carteles de turismo asomados a los escaparates de las agencias de viaje.

Nunca he estado en Jamaica, y es probable que nunca la vea. Me da igual. Mejor que sea así.

Mi Jamaica, esta Jamaica en la que hoy sueño, me vale porque es quimera, porque ocupa el espacio del no-aquí, porque me ayuda a imaginar que podríamos ser otros.

Y sueño, y me voy a Jamaica para mejor sentir mi distancia ante lo que veo: calles grises, gente triste. Y sueño con Jamaica para reclamar de mi más alegría, para pensar que todos podemos romper con todo, que somos capaces de no acudir puntuales a las citas, de reírnos de los estudios sociológicos que explican la muerte, de creer que el porvenir que nos espera no está condenado a ser de por vida un tiempo para el llanto.

Jamaica o muerte. Venceremos".

Hay ropa tendida


Ya he hablado aquí de este blog del artista brasileño Eduardo P. Lunardelli.

A veces contribuyo. Tendré que dosificarle los tendales, que me los gasta a discreción y no quería.

Con este blog uno mira los lugares que visita de otra manera. El interior (la ropa) extendido en el exterior. La intimidad puesta a clarear. Lo que nos adorna o nos tapa, expuesto al sol. Lo húmedo que se seca. ¡Y tantas ideas que ahora no se me ocurren!

Bostezo 2: presentación y fiesta


Todos los detalles, en el blog de la revista.

Las paredes que hablan en Lisboa



En rúa do Comercio.

¿Vegano? Llego un poco tarde. En la sociedad en que vivo, ser vegano es una forma de tortura contraria al hedonismo tolerante que practico. Pero el grafitti está elaborado. Enfrente a la iglesia da Conceiçao (catedral de Lisboa).

My name is...

Grafitti portugués, cerca de Tavira

Me encantó esta entrada ilustrada -por las fotos, pero también hay algo de "Ilustración", en sentido gabacho- de Blumpi.

Camoes y la inmortalidad



Estaba con relatos sobre la inmortalidad (vampiros, zombies, espectros, famosos y otras especies escritas por Cunqueiro, Borges, Calvino o Proust, entre otros) cuando se cruza Camôes, el portugués con su verso:

"Porque, enfim, tudo passa:
Nâo sabe o tempo ter firmeza em nada;
E a nosa vida escassa
Foge tâo apressada,
Que quando se começa, é acabada,
Ode Fogem as neves frías..."

Las vacaciones en Portugal -Algarve y pequeña escapada a Lisboa- terminaron. "La vida no vale nada" es la compilación de relatos y leyendas sobre la inmortalidad que he digerido estos días. Mi reseña no valdrá nada, pero en breve la expondré aquí.

También les recomiendo a Camôes, por supuesto. Es el Cervantes portugués, aunque lo suyo es la poesía, incluso en castellano (sonetos, un lujo ahora que casi nadie se dedica al género, todos absorbidos o totalmente vagos con el verso libre). Es una pena que en la enseñanza obligatoria no podamos estudiar más a fondo a los grandes de todas las literaturas. De las que tienen nación y de las que no. Sería otro debate, pero la educación debería ser obligatoria toda la vida. Ésa que no vale nada. Para que valiera algo más mientras la conservamos y la conversamos.

Vilamoura

Lendo nas terras de Camoes sobre a inmortalidade. E ligando bronze. Cando volte, xa o saberan.

Remodelaçao do governo: jajajaja (intentando emular "os editoriais mais curtos do mundo")

Alicia en el lado oscuro

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